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Un cuento para dormir sobre lo que sea, con las palabras de tu familia
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Cuentos que pidieron otras familias. Gratis, sin crear una cuenta.- El perro y lauraRufo se había ido, dejando su vara en el jardín. En ese momento, Tomás estaba jugando con su perro Laura, intentando lanzar una pelota lo más alto posible. La pelota subía hacia el cielo, y Laura saltaba para atraparla, su cola moviéndose emocionada. Un pensamiento cruzó su mente: hoy era un día especial, su cumpleaños, y quería que Laura estuviera feliz también. La pelota voló alta, pero en lugar de caer al otro lado del muro, se quedó atascada en una rama alta de un árbol. Se detuvo, mirando hacia arriba, y Laura ladró confundida. La rama era demasiado alta para que él la alcanzara, incluso estirándose con todas sus fuerzas. Una escalera podría ayudar, así que la buscó y la colocó bajo la rama. Sin embargo, al subir, se resbaló y se cayó, lastimando su rodilla. Laura corrió hacia él, ladrando preocupada, y él la abrazó, intentando calmarla. Después de un rato, se levantó, decidido a encontrar otra manera de recuperar la pelota. Intentó lanzar una piedra para golpear la pelota y hacerla caer, pero la piedra se perdió en el vecindario. Suspiró, pensando que nunca podría recuperar la pelota. Pero entonces, recordó la vara que Rufo había dejado. Corrió a buscarla y, con la vara, pudo alcanzar la rama y recuperar la pelota. Con la pelota en la mano, sonrió y la lanzó hacia Laura, que la atrapó al vuelo, ladrando triunfante. La abrazó, felicitándola, y juntos se sentaron en la hierba, disfrutando del sol que se ponía detrás de ellos. La luz del atardecer iluminaba el jardín, y el calor de la hierba y el sol en su rostro lo hacían sentir que había sido un cumpleaños perfecto. Mientras el sol se escondía detrás de los árboles, se quedaron sentados en silencio, disfrutando del momento, la pelota olvidada en la hierba.
- El zorro y la escobaEl viento soplaba suave afuera, pero adentro de la cabaña el aire olía a té de hojas secas y a leña tibia. Cora, una zorrita de pelaje espeso y patas oscuras, barría las agujas de pino que habían entrado por debajo de la puerta principal. El suelo de madera crujía bajo sus garras, y cada vez que pasaba cerca de la escalera del sótano, el escalón del medio vibraba con un zumbido grave y dulce, como el ronroneo de un gato gigante que dormía bajo las tablas. Aquel zumbido era la música de la casa, constante y tranquila en el atardecer. Cora miraba de reojo la repisa alta que quedaba justo en el hueco estrecho entre la chimenea de ladrillo y la tubería del agua caliente. Allí arriba, brillando bajo la luz dorada, estaba el dedalito de plata de su abuela, perdido hacía semanas. Hoy tenía que alcanzarlo porque la costura del invierno no podía esperar más. El único problema era la escoba. En esa casa, las cosas de la cocina tenían sus propias costumbres, y la escoba odiaba alejarse de la chimenea; si alguien intentaba llevarla más allá del límite del fuego, se volvía pesada como un tronco de roble húmedo. Cora lo sabía, pero estiró sus patitas delanteras y la levantó en el aire, apuntando con el mango hacia el dedalito. Al segundo paso, la escoba pareció llenarse de plomo. El mango se inclinó hacia abajo con una fuerza tremenda, arrastrando a la zorrita hacia el suelo. El primer intento solo le costó un raspón en la pata y un suspiro de frustración. —No seas caprichosa —le susurró Cora a la madera, pero la escoba se quedó inmóvil, pegada a las baldosas del hogar. Para el segundo intento, Cora decidió ganar altura usando la escalera del sótano. Subió dos peldaños, sintiendo el zumbido reconfortante del escalón del medio bajo sus garras traseras. Desde allí, estirando mucho el cuerpo, intentó balancear la pesada escoba como si fuera una caña de pescar. Pero el peso del objeto la venció de golpe. Cora resbaló, la escoba cayó con un ruido seco contra el piso y ella terminó sentada en el suelo, con el hombro dolorido y las orejas gachas. El dedalito seguía intacto, parpadeando en la altura, completamente inalcanzable. Tomás, un tejón viejo que cebaba mate en un rincón de la cocina, la miró en silencio durante un largo rato. Se levantó despacio, arrastrando sus patas pesadas, y se acercó a la escalera. Miró la escoba tirada, luego miró el hombro sacudido de la zorrita y finalmente la repisa. —Che, Cora, se nota que tenés muchas ganas de recuperar ese dedalito —dijo el tejón con voz pausada, sentándose en el escalón que zumbaba—. Mirá cómo te quedó el codo por andar apurada. Cora se limpió el polvo de la frente con el dorso de la mano. —Es que la escoba no me deja, Tomás —contestó ella, con la voz un poco apretada—. Se pone pesada a propósito. El viejo tejón asintió con la cabeza, mirando de costado la tubería caliente. —Las herramientas no piensan como nosotros, pero conocen su lugar —dijo Tomás, dándole un empujoncito suave a un banquito de madera de tres patas que estaba arrinconado—. A veces, si no podés levantar la herramienta, tenés que levantarte vos. Traé el banquito, subite despacio y usá esta ramita de sauce que está seca. Cora miró la rama de sauce que Tomás le ofrecía. No pesaba nada. Colocó el banquito de tres patas con cuidado, se subió con firmeza y, estirando el brazo sin el esfuerzo de cargar con la escoba rebelde, empujó suavemente el dedalito de plata. El objeto resbaló por el borde de la repisa y cayó directamente en sus manos abiertas, frío y brillante. La tormenta comenzó a golpear los vidrios con un repiqueteo constante y tibio. El tejón sopló el té caliente en su taza, mientras el fuego de la chimenea chisporroteaba con un sonido amigable. Cora se sentó al lado de Tomás en el escalón del medio, sintiendo la vibración suave del suelo bajo sus cuerpos, una vibración que subía por sus patas y les templaba el pecho después del esfuerzo de la tarde. El olor a tierra mojada entró por las rendijas de la ventana, mezclándose con el calor de los ladrillos. Cora apoyó la cabeza contra el hombro lanudo de Tomás, y el tejón inclinó la suya, uniendo sus frentes con un gesto suave de cariño, mientras la lluvia seguía cantando afuera y el dedalito descansaba seguro en su bolsillo.
- Un farol que se enciende con secretosCiro pasaba la manga de su pulóver de lana sobre el vidrio grueso del farolito, quitando la sal del río que se pegaba a las maderas del muelle. El sol ya era una línea delgada y naranja sobre el agua, y el viento frío le soplaba en la cara, trayendo el olor a hojas húmedas. El agua golpeaba las maderas del muelle con un sonido rítmico, un chistido suave que subía y bajaba. Ciro necesitaba que el farolito brillara esta noche, más que ninguna otra, porque Tana tenía que cruzar el puente de tablas antes de que la oscuridad fuera completa. Se habían peleado a la tarde por un bote de papel y ella se había ido al otro lado del arroyo sin despedirse. En ese muelle, los faroles no usaban aceite común. Solo se encendían cuando alguien les confiaba un secreto de verdad al oído, un secreto guardado en el pecho que nadie más sabía. La luz brillaba con la fuerza de la verdad revelada, limpia y constante, hasta que el secreto se hacía público. Ciro apoyó los labios contra la rejilla de bronce del farolito. —A veces me da un poco de miedo la oscuridad del monte —susurró, esperando el calor de la llama. El farolito hizo un ruidito, una chispa débil que se ahogó enseguida en el vidrio frío. No funcionó. Ciro suspiró, sabiendo que eso no era un secreto de verdad; todos en el muelle sabían que le temía a las sombras del monte. Su mentira piadosa solo había gastado la última chispa de la piedra de encendido. Buscó entonces la llavecita de bronce que guardaba en el hueco oscuro, justo debajo del último escalón del muelle, para abrir la tapita y acomodar la mecha con la mano. Estiró los dedos en el cubilete de madera, pero la sombra del sauce viejo era demasiado larga a esta hora y tapaba todo el rincón, impidiéndole ver el fondo del escondite. Tanteó a ciegas, raspándose las uñas contra la madera húmeda, pero la llavecita no aparecía y el cielo se volvía de un azul cada vez más cerrado. Un pequeño cangrejo de río, gris y con pinzas brillantes, salió lentamente de una grieta de la madera, caminando de costado sobre el borde del escalón. Miró a Ciro con sus ojos redondos como dos cuentas de vidrio negro. —Tenés los ojos llenos de agua, Ciro —dijo el cangrejo con una voz que sonaba a piedritas chocando bajo el agua—. Estás muy asustado por tu vecina, ¿no? Ciro se sentó sobre sus talones en las tablas húmedas y dejó caer los brazos. —Ella se fue enojada conmigo —dijo Ciro, sintiendo un nudo tibio en la garganta—. Pensé que si le encendía el camino, vería que lo lamento. Pero no me quedan secretos de los buenos, de los que hacen luz. El cangrejo caminó un paso más hacia el farolito, bajó por el costado del escalón y, usando su pinza pequeña, empujó la llavecita de bronce que se había deslizado detrás de una raíz húmeda. Ciro la tomó con los dedos fríos y abrió la portezuela del farolito. Miró el vidrio, luego miró el camino oscuro del puente y finalmente se inclinó tanto que su respiración empañó el bronce. —La verdad es que yo rompí su bote de papel a propósito porque quería que se quedara a jugar conmigo —susurró Ciro al interior del farolito, muy despacio, sintiendo que la cara le ardía de vergüenza. La mecha del farolito soltó un chasquido alegre y una luz dorada, redonda y abrigada, brotó del vidrio, iluminando las maderas viejas y el agua del río. Tana ya estaba del otro lado del puente, con sus botas de lluvia amarillas, mirando el brillo que cruzaba el camino. Ciro se sentó en el borde, con las piernas colgando hacia el agua, mientras la luz del farolito pintaba un camino de oro sobre el río quieto y la luna subía, redonda y de plata, detrás de la copa del sauce.
- Duende gaelYara subía por la escalera de mano que llevaba al borde ventoso fuera de la ventana del ático, buscando algo. Miraba hacia abajo, hacia el jardín, y se preguntaba si el duende estaría allí. "¿Dónde estarás?", se preguntaba. Su abuela estaba triste hoy y Yara pensaba que el duende podría ayudarla. Al llegar al borde, vio una pequeña cueva escondida detrás de una planta. Era el hogar del duende, según la leyenda. Pero cuando intentó abrir la puerta, se dio cuenta de que estaba cerrada con un candado. "¿Cuál es la combinación?", se preguntó. Intentó abrirlo con fuerza, pero el candado se rompió. "No, no, no", dijo, frustrada. Después de un rato, recordó que su abuela le había dicho que la combinación era una secuencia de números que solo el duende conocía. Intentó nuevamente, pero se olvidó de la secuencia y el candado no se abrió. "¿Qué voy a hacer?", se preguntó. Justo entonces, un ganso que estaba cerca la miró y graznó dos veces. Yara se dio cuenta de que el ganso estaba mirando hacia el cielo, hacia una nube que pasaba. "¡Eso es!", exclamó. Recordó que su abuela le había dicho que el duende amaba las nubes y que siempre se escondía cuando una nube pasaba. Buscó alrededor y encontró una pequeña llave escondida detrás de una roca. La usó para abrir el candado y encontró al duende dentro de la cueva. El duende era pequeño y peludo, con orejas grandes y suaves. Yara se acercó a él y se sentó a su lado. El duende la miró y se acurrucó contra ella. Yara sintió el calor del sol en su cara y la suavidad del pelaje del duende. "Estoy aquí", dijo, sonriendo. Y se quedó allí, en silencio, disfrutando del momento.
- Mama donde estasPipo corre por la plaza del mercado, salpicando en los charcos. La lluvia ha dejado la plaza desierta, pero a él no le importa, porque está decidido a encontrar a su madre. ¿Mamá, dónde estás?, piensa, y sigue corriendo. Quiere encontrarla porque cree que ella puede estar preocupada por él y quiere tranquilizarla. La plaza está vacía, pero él conoce cada rincón, cada piedra, y sabe que si su madre está por aquí, la encontrará. Intenta cruzar la calle, pero el agua es demasiado profunda. Se detiene en la orilla, mirando el agua que corre, y piensa en su madre. ¿Y si ella lo está buscando? Se vuelve y ve un tablón roto en el suelo. Lo recoge y lo coloca sobre el agua, intentando hacer una especie de puente. Pero el tablón se quiebra bajo su peso y cae al agua. Se levanta, mojado y tembloroso, y sigue adelante. La lluvia es cada vez más fuerte, y comienza a perder la esperanza. Entonces, entre el ruido del agua, escucha una voz que lo llama. "Pipo, Pipo, ¿dónde estás?" Es su madre. Sigue la voz y la encuentra bajo un toldo, donde la espera con una toalla caliente. Se acerca, tembloroso, y su madre lo abraza. La lluvia sigue cayendo, pero ya no la siente. Está en brazos de su madre, y eso es todo lo que importa. La lluvia va cesando, y solo quedan unas gotas que caen, una a una, en el silencio.