Mandarino donde no vivia nadie
En el valle de las naranjas, donde el sol calentaba la tierra y las abejas zumbaban alrededor de las flores, el aire olía a azahar y a tierra húmeda. Allí vivía Isabella, una niña con el cabello castaño y una sonrisa que iluminaba su rostro, y que siempre llevaba un lazo azul en su moño.
Una tarde, mientras Isabella jugaba en el jardín, se dio cuenta de que el mandarino que su abuela había plantado muchos años atrás no estaba produciendo frutos. Isabella se sintió frustrada, porque había estado esperando con ansias para probar los dulces mandarinos. La niña se acercó al árbol y lo examinó, pero no podía encontrar la razón por la que no estaba dando frutos.
Su abuela, que estaba sentada en la sombra, tejiendo una manta, la miró y dijo: "Isabella, vos estás frustrada, ¿no es cierto?" Isabella asintió con la cabeza, y su abuela continuó: "No te preocupes, mi querida, sometimes las cosas necesitan un poco de tiempo y paciencia". Luego, su abuela le ofreció un vaso de limonada fresca y le dijo: "Tomá, bebé, y sentate conmigo un rato".
Isabella se sentó con su abuela y juntas esperaron en silencio. Después de un rato, Isabella se levantó y comenzó a regar el mandarino con agua fresca. Al día siguiente, Isabella salió al jardín y vio que el mandarino había comenzado a florecer. La niña se sintió feliz y corrió a contarle a su abuela.
Desde ese día, Isabella y su abuela se sentaban juntas en el jardín, rodeadas del aroma a azahar y la tierra húmeda, y veían cómo el mandarino crecía y producía frutos dulces y jugosos. La niña había aprendido que sometimes las cosas necesitan un poco de tiempo y paciencia, y que con el amor y el cuidado, cualquier cosa puede crecer y florecer.