El gran cuaderno verde
En la colina donde el viento olía siempre a pasto mojado y a tiza fresca, se alzaba una escuela de madera pintada de azul, donde las ventanas crujían despacito cada vez que pasaba una nube. Lo más curioso de aquel lugar era que, si prestabas mucha atención, podías oír el murmullo de los lápices que esperaban dentro de sus cartucheras, ansiosos por dibujar. Allí estaba Sebastián, un niño de rulos muy negros, que estrenaba unos zapatos nuevos tan lustrados que reflejaban el brillo del sol como dos espejos pequeños.
Aquella primera mañana de clases, el pasillo de la escuela parecía un túnel larguísimo y lleno de ecos de risas que Sebastián no conocía. Su gran cuaderno verde, gordo y vacío, pesaba en su mochila como si llevara una piedra de la montaña, y sus pies se sentían pesados, pegados al umbral de la puerta de su aula.
El maestro Julián, un hombre alto de anteojos redondos que ordenaba unos frascos de témpera en el estante, lo miró con suavidad y se acercó despacio.
—Veo que tenés los ojos muy abiertos y las manos apretadas en los bolsillos, Sebastián —le dijo, sentándose en el suelo para quedar a su altura—. Estrenar un lugar nuevo da un poco de miedo, ¿no? Tomá, este lápiz amarillo es muy suave y le gusta hacer círculos.
Sebastián miró el lápiz, sintió la madera templada entre sus dedos y, tras un largo suspiro, dio el primer paso hacia su banco.
Al atardecer, la luz dorada entraba en diagonal por las ventanas, dibujando cuadrados templados sobre el piso de madera. El cuaderno verde ya no pesaba tanto, porque en su primera hoja brillaba un sol amarillo, redondo y perfecto, pintado por Sebastián. Desde ese día, el pasillo azul ya no tuvo ecos extraños, sino el sonido familiar de sus propios pasos corriendo a jugar.