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Fabulada
Español (Argentina)396 palabras

El martillo de Pepo

Pepo era un castor pequeñito que tenía la cola más ancha de todo el bosque y una paciencia tan grande que podía ordenar sus ramitas por tamaño sin aburrirse nunca. Vivía en un taller lleno de maderas olorosas y hojas secas, donde fabricaba juguetes para sus amigos. Lo que más quería Pepo en el mundo era terminar un tobogán de madera para los patitos del estanque, porque el verano ya iba a empezar y sus amigos querían deslizarse al agua. Para unir las maderas, Pepo usaba su herramienta favorita: un martillo rojo y brillante que hacía un ruido gracioso, ¡toco-toco!, cada vez que golpeaba un clavo.

Antes de empezar, Pepo sopló con fuerza sobre la madera para limpiarla. Pero justo en ese momento, un viento travieso entró por la ventana abierta y sopló todavía más fuerte. ¡Fuuu! El viento desordenó los planos y empujó el martillo rojo, que rodó y cayó adentro de una caja grande y oscura, llena de virutas de madera blanda.

—¡Oh, no! —dijo Pepo.

Metió su patita en la caja, pero no encontraba nada. Sus dedos solo tocaban cosquillas de viruta. Su corazón latía rápido y sintió la nariz fría por la preocupación. Intentó volcar la caja, pero era tan pesada que sus brazos no pudieron moverla.

Entonces, una ranita verde llamada Juana asomó la cabeza por la ventana. Juana solo quería ver si el tobogán estaba listo para saltar.

—¿Qué buscás ahí adentro, Pepo? —preguntó Juana, dando un salto en el piso.

—Mi martillo rojo —contestó Pepo, un poco triste—. Sin él, los patitos no tendrán su tobogán.

Pepo respiró hondo. Recordó que era muy paciente. Miró su cola ancha y plana y se le ocurrió una gran idea. Se dio la vuelta, metió su cola en la caja y empezó a moverla de un lado a otro como si fuera una pala. ¡Chis-chas, chis-chas! Las virutas salieron volando por el aire, llenando el taller de copos dorados.

De pronto, la cola de Pepo tocó algo duro y liso. ¡Allí estaba! Con un último movimiento de cola, el martillo rojo salió despedido y cayó justo en sus manos.

—¡Lo tengo! —gritó Pepo, riendo con la nariz llena de viruta.

Pepo tomó un clavo, lo puso sobre la madera del tobogán y golpeó con fuerza. ¡Toco-toco! Juana dio un salto de alegría y empezó a probar la rampa con sus patitas verdes.