Saltar al contenido
Fabulada

Animales y naturalezaEspañol (Argentina)

Un perrito para Mateo

Mateo corre por el pasillo de su casa con un hueso de goma roja en la mano, buscando un rincón donde esconderlo. Mateo es un nene de cinco años con rulos marrones que siempre caen sobre sus ojos, y tiene una paciencia tan grande que puede esperar toda la tarde sentado a que aparezca un bicho bolita. Hoy está feliz porque su mamá le prometió que un perrito nuevo va a llegar a la casa, y Mateo quiere tener todo listo para recibirlo. En el piso de la cocina ya descansan un plato azul con agua y una mantita suave de color amarillo.

De repente, la puerta de calle se abre y entra la mamá con una caja de cartón calientita. Mateo corre a mirar, pero se tropieza con sus propios cordones desatados y cae de rodillas. ¡Pum! No le duele, pero el hueso de goma sale volando y se mete justo debajo del pesado sillón verde.

—¡Mirá, Mateo! —dice la mamá con voz dulce, mostrando al cachorro gris que asoma la nariz—. Se llama Pipí.

El perrito muerde el aire, da un bostezo chiquito y busca con sus ojos brillantes algo para jugar. Mateo quiere darle su regalo de bienvenida, pero el hueso rojo está muy lejos, bajo el sillón oscuro. El nene estira su brazo derecho, pero no llega; su mano choca contra la madera fría y el aire se le escapa en un suspiro largo. Intenta empujar el sillón con la espalda, pero el mueble no se mueve ni un centímetro. Pipí lo mira y menea la cola, esperando.

Entonces, Mateo recuerda que tiene paciencia. Se acuesta boca abajo en la alfombra y empieza a soplar con fuerza hacia el hueco oscuro. ¡Fuuuu, fuuuu! El aire que sale de su boca mueve el hueso de goma milímetro a milímetro, hasta que el juguete rojo asoma una punta bajo la luz de la tarde. Mateo lo atrapa con la punta de los dedos.

—¡Tomá, Pipí, es para vos! —le dice Mateo, mostrándole el juguete.

El cachorro corre con sus patas cortas, agarra el hueso con los dientes y da tres vueltas en el suelo de la cocina, haciendo sonar sus uñas contra las baldosas. La mamá sonríe y se sienta en el piso con ellos. Mateo siente el pelo suave de Pipí contra sus piernas y el calorcito del sol que entra por la ventana alta. El perrito se apoya en su falda, suelta un suspiro ruidoso y se duerme, mientras el agua del plato azul brilla como un espejo silencioso.