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El granjero y los huevos de la mañanaES

El granjero y los huevos de la mañana

En el valle de las colinas verdes, donde el viento siempre olía a pasto mojado y las mañanas se encendían con una luz dorada y tibia, el suelo parecía cantar un suave rítmico cacareo cada vez que salía el sol. Allí vivía Julián, un granjero de manos grandes y paciencia infinita, que siempre llevaba un sombrero de paja deshilachado que le tapaba las cejas.

Una mañana fría de otoño, Julián salió con su canasta de mimbre, pero al llegar al gallinero se encontró con un pequeño problema: las gallinas habían decidido jugar a las escondidas. No había ni un solo huevo en los nidos de paja, y un coro de plumas esponjadas lo miraba desde lo alto de las vigas del techo, aguantándose la risa. Julián suspiró, sintiendo un cosquilleo de impaciencia en las piernas, porque el desayuno de los vecinos dependía de su puntualidad.

Su vecina Lucía, que pasaba por el camino cargando un gran fardo de alfalfa, se asomó por la cerca de madera y lo miró con simpatía.

—Veo que hoy tenés la frente arrugada de la impaciencia, Julián —le dijo con voz suave—. Tomá, comé un gajo de esta mandarina dulce mientras esperás; a veces las cosas ricas llevan su propio tiempo.

Julián peló la fruta, sintiendo el aroma fresco en sus dedos, y decidió sentarse en el suelo de tierra a esperar sin apuro. Al ver que el granjero se quedaba quieto y sonreía, la gallina más colorada bajó despacito de la viga, se acomodó en su regazo y, con un suave clo-clo, dejó caer un huevo tibio y redondo directamente en su mano.

Esa mañana, el desayuno se sirvió un poco más tarde, pero los huevos revueltos tuvieron un gusto más tierno bajo el sol del mediodía. Desde aquel día, Julián nunca más corrió por el corral, y cada mañana esperaba a sus gallinas sentado en el suelo, con un gajo de mandarina para compartir.