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Fabulada
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Mudarse a una casa nuevaES

El gran camión de los canastos rojos

En la calle del viento manso, donde el sol de la tarde siempre pinta las veredas de un color naranja brillante, el aire huele a madera limpia y las chimeneas de las casas a veces cantan bajito cuando sopla la brisa. Allí vivía Thomas, un nene de rulos suaves que siempre llevaba un trompo de madera en el bolsillo del pantalón.

Esa mañana, la vereda estaba llena de cajas atadas con hilos y un gran camión de color azul esperaba con las puertas abiertas de par en par, porque la familia de Thomas se mudaba a una casa nueva al otro lado de la colina. Thomas miraba sus juguetes guardados y sentía un nudo apretado en la panza, un frío que no se iba ni con el sol; no quería dejar su ventana conocida ni el árbol del patio donde cantaban los zorzales.

Su mamá, que cargaba un canasto repleto de sábanas olorosas a lavanda, se sentó en el último escalón de la entrada y lo miró con ternura.

—Tenés los ojos llenos de preguntas y las manos muy quietas, Thomas —le dijo con voz suave, acomodándole un rulo despeinado—. Da un poco de miedo dejar este rincón, ¿no? Tomá, guardá este broche de madera en tu bolsillo junto al trompo, para que nos ayude a colgar las sábanas nuevas.

Thomas apretó el broche de madera entre sus dedos, sintiendo su textura áspera y conocida. Subió al camión y, durante el viaje, miró cómo los árboles del camino saludaban al pasar. Cuando llegaron, la casa nueva los recibió con un jardín lleno de margaritas silvestres y una ventana enorme que miraba hacia donde sale el sol.

Al caer la tarde, la luz azulada del crepúsculo se apoyó suavemente sobre la baranda de madera del nuevo porche, entibiando las maderas. Thomas sacó su trompo, lo hizo girar en el piso nuevo y, al ver cómo bailaba bajo la mirada de un zorzal que cantaba en el techo, supo que ese suelo también sería un buen lugar para jugar.