Amistad y bondadEspañol
Los tres tornillos de Elena
Elena quería un amigo para el taller de su abuelo.
El taller estaba lleno de cosas a medias: una bicicleta sin ruedas, un reloj sin manecillas, un pájaro de madera sin una pata. Elena jugaba allí todas las tardes, y siempre sola.
Ese día, detrás de una caja, encontró un robot pequeño. Era de hojalata, con ojos redondos como botones. No se movía.
—Hola —dijo Elena—. ¿Quieres ser mi amigo?
El robot no contestó.
Elena le dio cuerda en la espalda. Nada. Le sopló en la cabeza. Nada. Le cantó una canción. Nada.
—Abuelo, ¿cómo se enciende este robot? —preguntó.
El abuelo se rascó la barbilla.
—Uy. Hace tanto tiempo que nadie lo recuerda. Yo lo hice cuando era joven y se me olvidó cómo.
Elena se sentó en el suelo y miró al robot muy de cerca. Entonces notó algo. En el pecho tenía tres agujeros pequeños, uno al lado del otro.
—Tres agujeros —murmuró—. Y aquí hay tres tornillos.
Había tres tornillos dorados en un frasco, sobre la mesa. Elena los metió, uno, dos, tres.
Clic. Clic. Clic.
El robot tembló. Sus ojos se encendieron. Y de su barriga salió un ruido enorme:
—¡PIRIRIRÍ!
Elena se cayó sentada de la risa. Era un silbido largo, agudo y muy desafinado, como el de una tetera.
—¡Qué ruido tan gracioso! —dijo.
El robot ladeó la cabeza. Levantó una mano de hojalata y la movió despacio. Después silbó otra vez, más bajito, una melodía cortita que subía y bajaba.
—Esa canción es tuya —dijo Elena—. Es la tuya, ¿verdad?
El robot asintió. Tenía los ojos muy brillantes.
—Yo me llamo Elena.
—Piriri —dijo el robot.
Elena le tendió la mano. El robot la tomó con sus dedos fríos, y los dos se quedaron así, sentados entre las cosas a medias, mientras la melodía cortita se iba apagando poco a poco.