Amistad y bondadEspañol (Argentina)
Huellas con margaritas
Valentina encontró en la arena un camino de huellas enormes, y en cada huella crecía una margarita.
–¡Qué raro! –dijo.
Siguió el camino por la playa, subió las rocas y llegó hasta el faro. En la puerta había un hombre con una bolsa de semillas rota. Era nuevo en el pueblo y nadie lo conocía. Tenía una barba grande y la cara seria.
Valentina quería decirle una palabra amable. Solo una. Algo como "qué lindas tus flores".
Levantó la mano para golpear la puerta.
¡BUUUM!
El bocinazo del faro la hizo saltar. El hombre se tapó las orejas con los dedos y entró corriendo.
Valentina probó otra vez. Golpeó fuerte, pero el faro sonó de nuevo.
¡BUUUM!
Nadie la escuchó. Probó gritando:
–¡Hooolaaa!
¡BUUUM! El bocinazo se tragó el grito entero, como una ballena se traga un pez.
Valentina se sentó en un escalón. Le dolían las orejas y ya casi no tenía ganas. Entonces se fijó en algo. Después de cada BUUUM, el mundo quedaba muy callado. Contó despacito:
–Uno, dos, tres.
¡BUUUM!
–Uno, dos, tres.
Ahí estaba el silencio, justo en el medio.
Se paró. Esperó el bocinazo. Cuando se apagó, golpeó la puerta: toc, toc, toc.
La puerta se abrió. El hombre tenía bolitas de algodón en las orejas.
–¿Sí? –susurró, muy bajito.
–Tus margaritas hacen lindo el camino –dijo Valentina–. Gracias.
El hombre se puso colorado hasta la barba.
–Se me rompió la bolsa –contó–. Pero me gustó. Así mi casa nueva parece un poco de acá.
–Ya es de acá –dijo Valentina.
¡BUUUM!
Los dos se taparon las orejas y se rieron sin que se oyera nada. En la arena, una margarita se movía de un lado a otro, como si también dijera que sí.