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Fabulada

Amistad y bondadEspañol

Victoria y el buen día

—¡Buenos días, buenos días! —oyó Victoria, y salió corriendo al patio.

Era el gallo, que gritaba desde la valla. Pero el gallo no hablaba con ella. Hablaba con un señor que pasaba por el camino, un señor de sombrero gris que no era de la granja. Llevaba una bolsa pesada y la cara muy seria.

Victoria quería que el señor sonriera. Nadie debía pasar por su granja sin una sonrisa.

—Buenos días —le dijo ella.

El señor no la oyó. Siguió andando.

Victoria lo intentó otra vez, más alto. Nada. Entonces corrió hasta el gallo.

—Gallo, ¿puedes gritárselo tú?

El gallo estiró el cuello. —¡Quiquiriquí!

Pero el señor tampoco entendió eso. Solo frunció la frente.

—Algo hay que pasar de uno a otro —pensó Victoria—. Una palabra amable.

Le susurró al pato: «Dile al señor: buenos días». El pato se lo contó a la oveja. La oveja se lo balió a la vaca. Y la vaca, con su voz grande, soltó:

—¡MUUU-NOS DÍAS!

El señor se paró en seco. Se rió con un resoplido, y la bolsa le tembló.

—¿Qué dice la vaca? —preguntó.

—Dice «buenos días» —contestó Victoria—. Se le ha cambiado un poquito por el camino.

—Muuu-nos días —repitió el señor, y le salió una sonrisa.

Victoria se fijó en algo. Del bolsillo del señor asomaba un pan caliente.

—¿Tiene hambre? —dijo—. En la cocina hay leche.

El señor se quitó el sombrero. —Buenos días, Victoria. Muchas gracias.

—Muuu-nos días —dijo ella, muy bajito.

La vaca mugió contenta. El pan olía a casa. Y en el patio, el sol ya estaba tibio sobre todos.