Amistad y bondadEspañol de España
Alma y la flor de las cinco
Alma quiere decirle algo bonito al señor del sombrero verde, pero no sabe qué.
Es la hora de la merienda y el jardín está lleno de flores. Aquí cada flor se abre a su hora. Las amarillas, a las ocho. Las rojas, a las diez. La blanca del rincón, a las cinco. Nadie lo encuentra raro. Es así y ya está.
El señor del sombrero verde está sentado en el banco, mirando la flor blanca. Todavía está cerrada, como un puño pequeño.
Alma se acerca.
—Qué sombrero más bonito —dice.
—Mm —dice el señor, sin girar la cabeza.
Alma lo intenta otra vez. Se pone delante y le sonríe muy grande.
—Hoy hace un día estupendo.
—Mm.
Entonces prueba algo distinto. Quiere decir «hola» con voz de ratón, pero le sale un chillido: «¡Pip!». Se tapa la boca. El señor no se ríe. Solo mueve el pie, tap, tap, tap, sobre la grava.
Alma se queda quieta y mira lo que él mira. La flor blanca sigue cerrada. El señor saca un reloj del bolsillo. Lo mira y suspira. Luego vuelve a mirar la flor.
«Ah», piensa Alma. «No está enfadado. Está esperando.»
Se sienta en el banco, a su lado. No dice nada. Espera con él. Pasa un minuto. Pasan dos. Una abeja da una vuelta y se va.
—Todavía no —susurra el señor.
—Todavía no —repite Alma, bajito.
El pie del señor tap, tap, tap. Alma mira su cara y por fin sabe qué decirle.
—Seguro que abre —dice—. Y yo me quedo a verlo contigo.
El señor se vuelve por primera vez. Tiene los ojos pequeños y amables, como dos semillas.
—Gracias —dice.
En ese momento, la flor hace ¡plop! y se abre del todo, blanca como una taza de leche.
El señor sonríe debajo del sombrero. El pie se queda quieto, y el jardín huele a verano.