Saltar al contenido
Fabulada

Amistad y bondadEspañol (Colombia)

El sombrero verde del señor

—Qué sombrero tan feo —dijo alguien, y Manuela, que lo oyó desde su manta de picnic, dejó la galleta y se levantó.

Un señor flaco estaba parado junto al árbol grande, el que da sombra a todo el mundo. Llevaba un sombrero verde, torcido. Nadie le contestó. El señor miró al suelo y apretó los labios.

Manuela quería una sola cosa: decirle una palabra amable, de esas que calientan. Así tal vez se quedaba a comer las onces con todos. Pero ya daba la vuelta para irse.

Corrió tras él y le dijo:

—¡Hola, qué día tan bonito!

El señor siguió caminando. Quizá no la oyó. Quizá no tenía ganas de día bonito.

Manuela lo intentó otra vez. Sacó una manzana de su bolsa y se la ofreció:

—Ten, es para ti.

Pero la manzana se le escapó de la mano. Rodó por el pasto, y Manuela corrió detrás. Cuando la alcanzó, ¡zas!, volvió a rodar. Al final se detuvo en los pies del señor. Él ni la miró y siguió de largo.

Manuela se quedó quieta, con las zapatillas, los tenis, llenos de pasto. Pensó. Entonces vio algo. En la cinta del sombrero había una pluma pequeña que se movía con el viento, ¡fru, fru, fru!

—¡Espera! —gritó—. Tu pluma baila.

El señor se detuvo.

—Baila muy bien —dijo ella—. Y tu sombrero es verde como el pasto de primavera. A mí me gusta mucho.

El señor se tocó el ala del sombrero. Una sonrisa chiquita se le escapó, como una gota que resbala.

—¿De verdad? Me lo regaló mi abuela.

—De verdad —dijo Manuela—. Ven. Hay galletas.

Se sentaron juntos en la manta. El señor mordió una galleta, la pluma bailó otra vez, ¡fru, fru, fru!, y Manuela se rio tan fuerte que una miga le saltó de la boca y aterrizó en el sombrero.

—Ahora sí es un sombrero de fiesta —dijo el señor.

Arriba, las hojas del árbol grande se movían despacito, y la sombra se movía con ellas.