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Fabulada

Amistad y bondadEspañol de México

Una palabra para el señor del farol

—¡Buenos días! —dijo Regina, y nadie contestó.

Lo había oído otra vez: un portazo, y luego un gruñido grande, como de oso con sueño. Regina vivía en una madriguera con cinco túneles, y en el túnel de la izquierda se había mudado un señor topo muy callado. Todos decían: «Mejor no lo molestes».

Pero Regina quería que ese señor sonriera. Llevaba tres días pensando en una palabra amable, una buena de verdad, para dársela.

Primero fue a su puerta y tocó. ¡Toc, toc! Dentro se oyó un golpazo, como de cazuelas cayéndose.

—¡Ay! —susurró Regina, y salió corriendo.

Se sentó en el túnel con las orejas calientes. Le dio un poco de miedo. Pero la palabra seguía ahí, en la punta de su lengua.

Entonces probó otra cosa. Escribió «Buenos días» en una hojita, la dobló como barquito y la deslizó por debajo de la puerta. Esperó. Nada. Esperó más. Nada.

Se iba a ir, cuando notó algo. Por la rendija se escapaba una lucecita temblorosa, y se oía un tic, tic, tic muy chiquito.

—¿Será un farol? —pensó Regina—. ¿Y si el gruñido no es enojo? ¿Y si es otra cosa?

Se agachó junto a la rendija y dijo bajito:

—Señor topo, ¿necesita ayuda?

La puerta se abrió un poquito. Asomó un hocico con lentes torcidos.

—Se me cayó la tuerca del farol —dijo el topo, con voz de oso con sueño—. Y sin farol no veo nada. Por eso gruño.

Regina miró el suelo. Algo brillaba junto a su pie. Era la tuerca.

—¡Aquí está! —dijo, y se la dio.

El topo apretó el farol. La luz se hizo grande y dorada, como una naranja.

—Buenos días, Regina —dijo.

Ella sonrió.

—Buenos días, señor topo.

Y el barquito de papel se quedó en el suelo, iluminado, mientras el tic, tic, tic del farol sonaba tranquilo en todo el túnel.