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Fabulada

Amistad y bondadEspañol (Uruguay)

La taza del señor

—Qué mala suerte —dijo un señor junto al estanque, y Julieta, que pasaba con su abuela, se detuvo a escucharlo.

Nunca lo había visto. Tenía un gorro calado hasta las orejas y, en la mano, una taza rota en dos pedazos.

—Era la última —murmuró él—. Y ahora, ¿cómo tomo mi té?

Julieta quería decirle algo amable. Algo que lo hiciera sentir mejor, aunque no lo conociera. Se acercó y le dijo bajito:

—Buen día.

El señor no se movió. El gorro le tapaba las orejas.

Julieta lo intentó otra vez, más fuerte:

—¡Buen día, buen día!

El señor pegó un salto. El té de su termo voló por el aire, y una gota le cayó justo en la nariz.

—¡Uy! —dijo él.

—¡Perdón! —dijo Julieta, y se tapó la boca.

Así no iba a funcionar. Se quedó pensando, mirando el estanque. Cada mañana, el hielo amanecía con un dibujo distinto, y nadie en el pueblo se sorprendía. Hoy estaba cubierto de escarcha, como una telaraña de azúcar. Y en el medio, las líneas hacían una forma redonda, con una oreja a un costado.

Julieta abrió los ojos.

—¡Mirá! —dijo, y señaló—. El estanque dibujó una taza.

El señor miró. Se levantó el gorro un poquito, para oír mejor.

—Tenés razón —dijo despacio—. Es una taza. Y tiene hasta vapor.

—Es para usted —dijo Julieta—. El estanque sabe que se le rompió.

El señor soltó una risa. Una risa grande, que hizo temblar el gorro.

—Qué amable de parte del estanque —dijo.

Entonces la abuela sacó de su canasta un jarrito de lata y se lo ofreció.

—Es viejo, pero aguanta el té.

El señor lo llenó con cuidado. Se sentó en el borde de una piedra y Julieta se sentó a su lado.

Bajo el hielo, algo hizo crac, suave, como una galletita que se parte. La taza dibujada brillaba al sol, y del jarrito subía un hilo de vapor que olía a menta.