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Fabulada

Animales y naturalezaEspañol (Colombia)

Tomás, el osito dormilón

Gabriel era un osito que dormía más que todos los ositos del bosque. Eso era lo único raro de él. Y ese día quería una sola cosa: ver encenderse las luces de la feria.

—Esta noche, cuando cuente tres, se prenden todas —dijo su mamá—. Tres, dos, uno.

—Yo estaré despierto —dijo Gabriel—. Lo prometo.

Se sentó en la hierba, frente a las carpas de rayas rojas y blancas. El carrusel daba vueltas y más vueltas, sin parar nunca. Arriba, en un palo largo, la veleta de la feria giraba despacio. Allí todos sabían que la veleta señalaba lo que se había perdido en el jardín, y nadie lo encontraba raro.

Gabriel bostezó. Los ojos se le cerraban.

—Tres… —dijo, y su cabeza cayó de lado.

¡Zzz! Se despertó de un salto. Las luces seguían apagadas. Todavía no era la hora.

Probó con agua fría de la fuente. Se mojó la nariz. Tampoco sirvió: bostezó otra vez.

Probó con saltos. Uno, dos, tres saltos. Pero saltar le dio más sueño.

—Tres… —dijo, y se dobló como una cobija.

¡Zzz! Despertó otra vez. Ahora la veleta giraba más rápido y apuntaba hacia los arbustos.

—¿Qué se perdió? —murmuró Gabriel.

Fue hasta allá. Entre las hojas había un botón dorado, grande como una galleta. Era el botón del interruptor de las luces. Se le había caído al encargado de la feria, que lo buscaba con una linterna.

—¡Mi botón! —dijo el encargado—. Sin él no hay luces.

—Yo lo traje —dijo Gabriel—. Ahora yo lo aprieto, ¿sí?

Subió con el encargado hasta el tablero. Gabriel puso la patita sobre el botón, tibio y liso.

—Tres —dijo bajito—. Dos. Uno.

Clic. Las luces se encendieron una tras otra, y el carrusel brilló como un pastel con velitas.

Gabriel miró los colores. Sus ojos se fueron cerrando, despacito, y la música del carrusel siguió dando vueltas.