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Fabulada

Animales y naturalezaEspañol (Uruguay)

Una ballena bajo las estrellas

—Yo la llevo a casa —dijo Mía, y se agarró fuerte del bote.

La ballena era chiquita y azul, y estaba varada en la arena de la playa. La marea se había ido sin avisar. Mía la había encontrado al anochecer, cuando salieron las primeras estrellas. Lo que ella quería era simple: que la ballenita volviera al mar antes de que la noche se hiciera grande.

—Soy Mía, no te asustes —le susurró.

La ballena abrió un ojo y suspiró: ¡fuuuuu! Salió un chorrito que le mojó la nariz a Mía.

Mía empujó. Empujó con las dos manos, con los hombros, con la cara roja. La ballena no se movió ni un poquito.

—Probemos otra vez —dijo Mía—. Uno, dos, tres.

Nada.

Un cangrejo pasó caminando de costado. Tenía mucha prisa, porque iba a buscar su cena, y no se detuvo a mirar.

—Con empujar no alcanza —dijo Mía, y se sentó a pensar.

Miró el cielo. Miró el mar, lejos, brillando oscuro. Miró el balde de lata que había traído para hacer castillos. Entonces notó algo: la arena junto a la ballena estaba mojada y blandita.

—¡Ya sé! —gritó—. Si la arena está mojada, la ballena se desliza.

Corrió hasta el mar y volvió con el balde lleno. Lo tiró sobre la cola de la ballena. Chap. Corrió otra vez. Chap. Una y otra vez, hasta que la arena brilló como un espejo bajo las estrellas.

—Ahora sí —dijo Mía—. Uno, dos, tres.

Empujó, y la ballena se deslizó, despacito, como en un tobogán. Se metió en el agua con un plof enorme que salpicó a Mía de la cabeza a los pies.

La ballena dio una vuelta. Levantó la cola y la dejó caer suave. Después soltó otro chorrito: ¡fuuuuu! Esta vez, Mía lo esperaba con la boca abierta, y se rio.

Se quedó en la orilla, empapada y contenta. El mar respiraba largo y manso, y encima de todo, las estrellas se movían en el agua, una por una.