Animales y naturalezaEspañol
Pipo y las Cien Patitas
Pipo era un ciempiés como no había otro en todo el jardín: tenía cien patitas, y cada una llevaba puesto un calcetín de un color distinto, tejido por su mamá. Nadie en el jardín le encontraba nada raro a eso. Pipo quería una sola cosa: jugar a la cuerda con Mía y Leo, los dos niños que vivían en la casa grande junto al manzano.
—¡Juega primero conmigo! —dijo Mía, con su cuerda roja.
—¡No, conmigo! —dijo Leo, con su cuerda azul.
Los dos tiraban de Pipo, uno hacia cada lado, y Pipo no sabía qué hacer.
—Voy a saltar rápido con los dos —dijo Pipo, y probó.
Pero cien patitas corriendo a la vez es mucho lío. Se le enredaron los calcetines, y Pipo cayó al pasto: ¡cataplán!
—Ay —dijo, sacudiéndose la tierra.
Lo intentó otra vez, contando sus patitas antes de saltar: una, dos, tres... pero contar hasta cien tardaba tanto que la cuerda ya había pasado dos veces.
Entonces Pipo se quedó quieto, mirando sus cien patitas de colores. Se dio cuenta de algo: no tenía que elegir. Podía usar cincuenta patitas para saltar la cuerda roja de Mía, y las otras cincuenta para saltar la cuerda azul de Leo, ¡al mismo tiempo!
—¡Empiecen juntos! —dijo Pipo.
Mía y Leo movieron sus cuerdas, zium, zium. Pipo saltó con la mitad de su cuerpo hacia un lado y la otra mitad hacia el otro, como una ola que se dobla en dos. Sus cien calcetines de colores brillaban en el aire, mezclándose como un arcoíris que salta.
—¡Toc-toc-toc! —sonaban sus patitas al caer, todas a tiempo, todas felices.
Mía y Leo se rieron tanto que soltaron un poco las cuerdas, y estas se enredaron en las patitas de Pipo como un lazo suave. Los tres cayeron juntos sobre el pasto, riendo, mientras las dos cuerdas quedaban quietas a su lado, todavía temblando un poquito por el juego.