Animales y naturalezaEspañol (Colombia)
La ballena del río de arriba
—Hoy sube la ballena —dijo Gabriela, y se amarró bien los tenis.
Era el primer día del mes. Ese día el río corría hacia arriba, colina arriba, hasta el estanque. En el pueblo nadie lo encontraba raro. Y cada primera noche, una ballena subía nadando con él.
Gabriela quería verla pasar bajo las estrellas. Llevó una manta y sus onces en una bolsa.
Se sentó junto a la curva del río. Las estrellas salieron una por una. Entonces se oyó un sonido hondo y largo.
—¡Fuuum!
La ballena venía despacito, río arriba. Era grande y azul oscura. Pero en la curva se detuvo. Una rama larga colgaba sobre el agua y se le había atorado bajo la barbilla. La ballena empujaba, y la rama se doblaba, se doblaba, pero no se soltaba.
—Despacito, río arriba —le dijo Gabriela.
La ballena no la miró. Miraba el cielo. Quería llegar al estanque para estar allá, bien arriba, con todas las estrellas.
Gabriela agarró la rama con las dos manos y tiró. La rama se dobló y volvió, ¡paf!, a su sitio.
Entonces se colgó de ella con todo su peso. La rama subió y bajó como un columpio, y los tenis de Gabriela casi tocaron el agua.
—¡Pfrrr! —hizo la ballena, y soltó una nube de burbujas.
Gabriela se bajó y se quedó quieta. Miró la rama de cerca, con la luz de las estrellas. Y vio algo que no había visto: una enredadera. Daba vueltas y vueltas alrededor de la rama y la sujetaba a un tronco de la orilla.
—No es la rama la que no se suelta —dijo—. Es la enredadera.
Desenrolló una vuelta, y otra, y otra. La rama saltó libre.
—¡Fuuum! —cantó la ballena, y un chorro grande cayó sobre la cabeza de Gabriela.
Gabriela se rió toda mojada. La ballena siguió río arriba, despacito, hasta el estanque.
Gabriela se sentó en su manta. Mordió su arepa de las onces. Allá arriba, el lomo de la ballena brillaba con las estrellas, y su canto bajito bajaba por la colina.