Amistad y bondadEspañol de España
El columpio del porche
Martina quiere columpiarse en el columpio del porche, ahora mismo.
Pero Lucas ya está sentado en él. Cric, cric, hace el columpio, hacia delante y hacia atrás.
—¿Ya? —pregunta Martina.
—Todavía no —dice Lucas—. Voy por el ocho.
Martina se cruza de brazos. Espera. Los pies se le mueven solos. Esperar es lento como un caracol con sueño. Entonces prueba otra cosa: se pone justo delante, con cara de pena.
Lucas cierra los ojos.
—Todavía no.
Martina suspira y se toca el pelo. ¡Su coletero rojo ya no está! Lo busca en los escalones y detrás de la maceta. Se agacha y mira debajo del porche, entre las tablas.
Allí hay unos ojitos negros, y dos bolitas de nariz que se mueven. Es un erizo. Está enroscado en un rincón seco, y en una de sus púas cuelga el coletero rojo.
—Eh, tú —susurra Martina—. Eso es mío.
El erizo no se mueve. Él solo ha venido a buscar un sitio para dormir, y le da igual el coletero. Martina se lo quita con mucho cuidado, y el erizo resopla: ¡fif!
—¡Lucas, mira! —dice—. ¡Venid y mirad, hay un erizo!
—¡Nueve! —contesta Lucas, sin abrir los ojos.
Martina se queda pensando. Lucas cuenta en voz alta, y cada número le sirve de empujón. Ella lo ha oído.
—Lucas, cuando digas diez, me toca a mí —dice—. Yo cuento hasta diez, y luego te toca otra vez a ti.
Lucas abre un ojo.
—Vale.
—Diez —dice Lucas, y los pies frenan en el suelo. Cric… cric… cric.
Martina se sienta y se agarra a las cadenas. Empuja con las piernas.
—Uno —cuenta—. Dos.
Lucas se asoma por debajo del porche, al lado del erizo dormido. El columpio sube y baja, cric, cric, y el coletero rojo brilla en la muñeca de Martina.