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Fabulada

Amistad y bondadEspañol

El columpio de Valentina

Valentina se agarra fuerte de las cuerdas y echa los pies hacia atrás. Quiere subir tan alto que sus zapatos toquen las hojas del nogal. Cric, cric, canta el columpio.

En el parque solo hay un columpio. El otro cuelga enrollado sobre la barra, con un nudo muy arriba, y nadie lo alcanza.

Teo llega corriendo con su pelota. Todas las tardes viene a columpiarse después de la merienda.

—Es mi turno —dice.

—Yo llegué primero —dice Valentina.

Teo se sienta en la arena con los brazos cruzados. Valentina se impulsa, pero ya no sube alto. Mirarlo le pesa en la barriga.

—Un ratito más —dice.

—Eso dijiste hace un ratito —dice Teo.

Entonces Valentina se baja y va hasta el tobogán. Pero se queda mirando el columpio vacío. Se mueve despacio, de un lado a otro, de un lado a otro, como si contara. Y a ella se le ocurre una idea.

—Teo, ven. Te doy diez empujones. Luego me los das tú a mí.

Teo lo piensa. Se sube.

—Uno, dos, tres —cuenta Valentina, y empuja.

—Cuatro, cinco, seis —sigue Teo, cada vez más arriba.

—Siete, ocho, nueve... ¡diez!

Los zapatos de Teo tocan las hojas del nogal, y una le cae en la cabeza. Los dos se ríen. Teo se baja de un salto.

—Ahora tú —dice.

Valentina se sienta. Teo empuja y cuenta: uno, dos, tres. Al llegar al diez empuja tan fuerte que ella grita:

—¡Uuuuy!

Un zapato sale volando y cae en la arena. Plaf.

—¡Perdón! —dice Teo, riéndose.

Valentina no puede ni contestar, de la risa. Sube y baja, sube y baja, cada vez más despacio. Las cuerdas se aflojan. La hoja del nogal baja dando vueltas y se le posa en las rodillas.

Cric, cric, canta el columpio, y se queda quieto.