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Fabulada

Amistad y bondadEspañol

Las velas de Nicolás

Nicolás oyó un "ay" muy bajito detrás de la puerta, y fue corriendo a ver qué pasaba.

Era Lola, su hermana pequeña. Estaba sentada en el suelo, con las manos en la cara. Su torre de bloques se había caído.

Nicolás se quedó quieto. La torre se había caído por su culpa. Él había pasado corriendo con su capa, y la capa había barrido los bloques.

Nicolás quería mucho a Lola. Quería que volviera a reírse. Y quería decirle "perdón", pero la palabra se le quedaba pegada en la garganta.

—Lola —dijo—, mira, te traigo mi galleta.

Lola negó con la cabeza. No quería galleta.

—Te pongo mi sombrero.

Lola negó otra vez.

En la mesa había una vela de cumpleaños, de esas que se quedan encendidas todo el día. En esa casa las velas eran así: si alguien las miraba mucho rato, se gastaban más despacio. Nicolás se sentó junto a Lola y miró la vela. La miró y la miró. La llama se hizo gordita y tranquila.

—Mira, Lola. La vela nos espera.

Lola miró también. Un poquito.

Entonces Nicolás sintió que la palabra se aflojaba. Respiró hondo.

—Lola, perdón. Pasé corriendo y tiré tu torre. Perdón.

Lola bajó las manos. Tenía los ojos mojados.

—¿Perdón de verdad?

—De verdad. ¿Hacemos otra torre?

Pusieron un bloque, y luego otro, y otro más. Nicolás puso el último con mucho cuidado, pero la torre se tambaleó y... ¡cataplum! Se cayó otra vez.

Los dos se quedaron callados. Y entonces Lola soltó una carcajada tan grande que se cayó de espaldas.

—¡Otra vez! —dijo.

Nicolás se rio también. Se sentó a su lado, sin capa, y empezaron de nuevo.

Sobre la mesa, la vela seguía encendida, con su llama quieta, mirándolos construir.