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Fabulada

Animales y naturalezaEspañol

Mateo y la tapa que no se abría

Mateo, el gatito, quería saber qué había dentro de la caja azul del porche.

Era una caja grande, con una tapa redonda. Olía a pescado. Mateo lo sabía, porque movía el bigote y el bigote nunca se equivoca.

El columpio del porche hacía cric, cric, cric con el viento. Mateo saltó sobre la caja y empujó la tapa con las dos patitas.

—Ñam, ñam, ¡ábrete! —dijo.

La tapa no se movió.

Mateo tiró de ella con los dientes. Tiró y tiró. Se le torció el bigote y se cayó sentado.

—Es muy pesada —dijo—. Yo solo no puedo.

Entonces vio a Lola, la tortuga, que pasaba despacito con una hoja de lechuga.

—Hola, Lola. ¿Me ayudas con la tapa?

—Voy de paso a mi casa —dijo Lola—. Pero lo intento un ratito.

Lola empujó con su caparazón. Mateo tiró con los dientes. La tapa no se movió.

Mateo se quedó mirando. Cric, cric, cric, hacía el columpio. Y de pronto vio que una de las cuerdas del columpio colgaba justo encima de la caja.

—¡Tengo una idea! —dijo.

Mateo trepó por la cuerda y se agarró fuerte. Lola, desde abajo, empujó el columpio con la cabeza. El columpio se fue hacia atrás y volvió hacia delante. Cric, cric, ¡pum!

El asiento golpeó la tapa. La tapa dio un salto, giró en el aire y cayó en el suelo: ¡clanc!

Dentro había una montaña de galletas con forma de pez.

Mateo abrió mucho los ojos. Lola se rio.

—Yo solo quería mi lechuga —dijo—. Pero huelen muy bien.

Se comieron una galleta cada uno, despacito, sentados en el porche.

El columpio seguía meciéndose, cric, cric, cric, cada vez más lento, hasta que se quedó quieto. Mateo bostezó, con el bigote derecho otra vez, y se acurrucó junto a la caja, que todavía olía a pescado.