Animales y naturalezaEspañol (Uruguay)
Vaquitas en el jardín
Camila estaba regando las margaritas con su regadera amarilla cuando vio una vaquita de San Antonio caminando por una hoja.
—¡Qué linda! —dijo—. Hoy quiero contar todas las vaquitas del jardín.
Contar era fácil. Pero las vaquitas no se quedaban quietas.
—Una, dos, tres... —dijo Camila.
Una vaquita voló. Otra se escondió bajo una hoja. Camila se perdió y empezó de nuevo.
—Una, dos, tres...
Otra vez, ¡fffrt!, un puñado de vaquitas salió volando de la lavanda. Camila se rascó la cabeza.
Su abuelo estaba cerca, atando los tomates con un hilo.
—Abuelo, ¿cómo se cuentan las que se mueven?
—Uy, yo me olvidé —dijo él, riendo—. Yo solo vengo por mis tomates.
Camila se quedó pensando. Primero probó con un palito para señalar cada una. Pero el palito las asustaba.
Entonces miró el piso de tierra. Sus zapatillas habían dejado huellas que brillaban un poquito, como la luz de una luciérnaga. En ese jardín las huellas brillaban una hora, y nadie se asombraba. Camila vio que una vaquita había pisado una huella y se había ido con una manchita brillante en la pata.
—¡Mirá! —dijo—. ¡Ahora tienen brillito!
Camila sonrió. Pisó la tierra con la punta de su zapatilla, hizo una huella chiquita y esperó. Cada vaquita que caminaba por la huella salía con una pata que brillaba.
—Una brillosa, dos brillosas, tres brillosas...
Las que ya estaban contadas se veían de lejos, como farolitos. Camila contó sin perderse, hasta que no quedó ninguna sin brillo.
—¡Doce! —gritó—. ¡Son doce vaquitas!
—¿Y cuántos tomates? —preguntó el abuelo.
—Eso no sé —dijo Camila.
Se sentó en el pasto. Doce lucecitas rojas se movían entre las hojas, y la tarde se iba poniendo tibia y quieta.