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Fabulada

Animales y naturalezaEspañol (Colombia)

Mariquitas en el jardín

En el jardín de la abuela Rosa, las mariquitas viven en las hojas del rosal, y cada noche el rosal brilla de un color distinto. Nadie se asombra. Es así desde siempre.

Luciana tenía una mariquita en el dedo. Se llamaba Puntito, porque tenía un solo punto negro, grande, en la espalda. Luciana quería llevarla hasta la flor más alta, la del girasol, para que Puntito viera todo el jardín.

—Ven, Puntito. Arriba, arriba —dijo.

Puntito caminó por el dedo, por la mano, por la manga. Luego abrió las alas rojas, zumbó «zzz» y se fue volando.

—¡Espera!

Luciana corrió detrás. Puntito se posó en una margarita. Luciana alargó la mano, pero la mariquita voló a la lavanda. Luciana se acercó despacio, casi, casi... y Puntito saltó al tomate.

Luciana se sentó en el suelo, cansada.

—Siempre se me escapa —suspiró.

Entonces miró el rosal. Ya era el final de la tarde, y las hojas empezaban a ponerse azules. Todas las mariquitas del jardín caminaban hacia allá, una detrás de otra, como una fila de botones rojos.

—¿Adónde van? —preguntó Luciana.

—A dormir —dijo la abuela Rosa, que regaba las plantas—. Les gusta el rosal cuando brilla.

Luciana pensó. Y si no la perseguía, sino que la esperaba?

Subió con cuidado al banquito, junto al girasol, y puso la mano abierta sobre una hoja. Esperó. Se oyó un grillo. El rosal se volvió verde, luego morado.

Algo le cosquilleó en el dedo. Era Puntito, que subía por la hoja, por la mano, por la muñeca. Luciana contuvo la risa.

—Ahora sí —susurró.

Subió un escalón más, hasta que el girasol quedó frente a ella. Puntito caminó hasta el borde de la hoja grande y se quedó quieta, mirando.

Debajo de ellas, el rosal se puso rosado. Puntito plegó las alas, una, dos, y se quedó dormida, con su único punto negro brillando como una uva.