Amistad y bondadEspañol de España
Lucía y la tapa que no se abre
—¡Lucía, mi tarro de botones! —gritó Mateo desde el patio—. ¡Está roto!
Lucía oyó el grito y se quedó quieta, con las manos detrás de la espalda. Sabía por qué estaba roto. Lo había cogido sin pedir permiso para jugar a las tiendas, y se le había caído.
Lucía quería mucho a su hermano Mateo. Y quería que dejara de estar triste.
Fue corriendo al patio. Mateo miraba el tarro con la tapa torcida. Los botones rojos, azules y de flores estaban mezclados.
—Lo siento —dijo Lucía muy bajito.
Mateo no contestó. Intentó abrir la tapa, pero no se movía.
—Se ha atascado —dijo—. Mi colección está dentro.
Lucía tiró de la tapa con las dos manos. Nada. Probó con un trapo. Nada.
—Lo siento —repitió—. Lo siento, lo siento.
Pero Mateo seguía serio. Lucía se mordió el labio. Decir «lo siento» no abría nada, y ella lo sabía.
Entonces miró el suelo. Había un botón fuera, junto a una piedra. Y otro. Y otro más, que se había escapado rodando. Allí se había caído el tarro, y allí estaban los botones perdidos.
Lucía se agachó y los recogió, uno a uno. Luego puso en el suelo una hoja grande y los fue colocando.
—Primero los rojos —murmuró—. Luego los azules. Luego los de flores.
Mateo se acercó a mirar.
—Los grandes van antes que los pequeños —dijo, y movió uno.
Hicieron una fila larga, de rojo a azul y de flores a lunares.
—Perdóname, Mateo —dijo Lucía—. No tenía que cogerlo sin preguntarte.
Mateo sonrió un poquito. Volvió a agarrar el tarro y, de un tirón, la tapa saltó.
¡Plop!
Los dos se rieron. Y uno a uno, los botones fueron entrando en el tarro, tintineando como lluvia pequeña.