Animales y naturalezaEspañol de España
El osito dormilón
Barnabé era un osito de peluche muy suave, pero tenía un secreto: le encantaba dormir. Mientras los demás jugaban en el bosque de los Susurros, Barnabé siempre estaba echado en su rincón favorito. Quería dormir más que nada en el mundo.
Esa mañana, el sol entraba por la ventana y pintaba rayas doradas en el suelo. Los demás ositos corrían alrededor de la fuente, saltando y riendo. Barnabé suspiró. Quería unirse a ellos, pero sus párpados pesaban como dos piedras.
—Venid, Barnabé —gritó Lucía, la osita de las orejas largas—. ¡Juguemos a las escondidas!
Barnabé se estiró. Dio un paso hacia la puerta, luego otro. ¡Pum! Se le cerraron los ojos. Se quedó quieto, con la nariz rozando la alfombra.
—¿Se ha quedado dormido otra vez? —preguntó Pablo, el oso más valiente, mirándolo con curiosidad—. Nosotros necesitamos tu ayuda para mover la gran roca del huerto. Sin ti, no llegaremos hasta el final del día.
Barnabé abrió un ojo. La roca era grande, muy grande, y estaba justo en medio del camino verde. Si dormía allí, la roca no se movería. Él quería jugar, pero también quería ayudar. Se levantó de un salto, aunque sus piernas temblaban.
Caminó hacia la roca. Era demasiado pesada para él solo. Empujó con sus manitas peludas.
—¡Empuja! —dijo Lucía—. ¡Contadme hasta tres!
Uno. Dos. Tres.
¡Fruuu! La roca se movió un poco, pero se detuvo.
—¡No pasa nada! —exclamó Barnabé—. Intentémoslo de nuevo.
Esta vez, todos juntos empujaron. Barnabé empujaba fuerte, con todas sus fuerzas. La roca rodó despacio, haciendo un sonido suave, como un tambor lejano. Llegó hasta el otro lado del huerto, donde crecen las zanahorias rojas.
Barnabé estaba cansado, pero feliz. Se sentó en la hierba y cerró los ojos un momento. Escuchó el viento silbando entre las hojas. Se sentía tranquilo y contento. Al final, dormir después de jugar sabía delicioso.