Animales y naturalezaEspañol (Argentina)
El Osito Dormilón
—Hoy no hay sueño —dijo el Osito, abriendo un ojo.
El Osito era pequeño y tenía el pelaje tan suave como una nube gris. Quería dormir siesta, porque la mañana había sido larga y sus párpados pesaban como piedras. Se acomodó en su rincón favorito, junto a la manta roja, y cerró los ojos.
Pero el silencio de la casa no era silencio. Era un zumbido. Bzzzzz.
El Osito se incorporó. No era el viento. Era una abeja curiosa que había entrado por la rendija de la ventana. La abeja volaba en círculos sobre la nariz del Osito.
—¡Bzzz! —hizo la abeja, como diciendo: ¡Despertá!
El Osito suspiró y volvió a acostarse. Cubrió su cabeza con la manta. Bzzzz. La abeja picó la tela justo donde estaba la oreja del oso. El Osito se estiró, estiró y estiró. No podía dormir.
Miró a su alrededor. Vio una hoja seca en el suelo. Tuvo una idea. Agarró la hoja y la puso sobre su cara como si fuera una careta. Bzzzz. La abeja pasó por encima de la hoja.
El Osito se levantó. Caminó despacio, con pasos de gatito, hacia la ventana. La abeja lo siguió. El oso abrió la ventana de par en par. El aire frío le rozó las patas.
—Vení acá —susurró el Osito, extendiendo la pata.
La abeja no entendió. Voló hacia arriba, hacia el cielo azul. El Osito se quedó quieto, con la pata estirada. De pronto, la abeja hizo una vuelta loca y se posó suavemente en la punta del dedo gordo del oso. El oso sintió el peso ligero, como una pluma.
No hizo zumbido. No hizo ruido. Solo se quedó allí, sintiendo cómo la abeja descansaba. El oso sonrió. Por primera vez, sintió sueño. Cerró los ojos, con la abeja compañera en su mano, y se quedó dormido bajo el sol tibio.