Animales y naturalezaEspañol (Uruguay)
Un cachorrito nuevo
Delfina escuchó un ruidito raro debajo de la cama: crac, crac, crac. Se agachó a mirar y ahí estaba, mordiendo una zapatilla, el cachorrito nuevo. Se llamaba Rufo y era chiquito, con las orejas más grandes que la cabeza. Desde que había llegado a la casa, esa misma mañana, Delfina quería una sola cosa: que Rufo aprendiera a sentarse cuando ella se lo pidiera, como los perros grandes de los dibujos.
—Sentado, Rufo —le dijo, muy seria, con el dedo apuntando al piso.
Rufo la miró con la cabeza inclinada para un lado, como preguntando algo, y se puso a girar en círculos persiguiéndose la cola.
Delfina probó otra vez, más fuerte:
—¡Sentado!
Rufo saltó sobre sus zapatillas y le lamió los dedos de los pies. Ella se rió, pero enseguida volvió a ponerse seria. Probó agachándose a su altura. Probó con la voz bajita. Probó llevándolo hasta la alfombra, como si ese fuera el lugar mágico donde los perros se sentaban. Nada. Rufo corría, olfateaba las plantas, se escondía detrás de la cortina y volvía corriendo, siempre saltando, nunca quieto.
Delfina se cruzó de brazos, cansada. Entonces notó algo: cada vez que ella se agachaba con las manos vacías, Rufo se le tiraba encima a buscar algo para comer. Corrió a la cocina y volvió con un trocito de galleta escondido en el puño.
—Mirá esto, Rufo —dijo, y levantó la mano despacio, arriba de la nariz del perro.
Rufo siguió la galleta con los ojos, echó la cabeza hacia atrás para no perderla de vista, y su cola de atrás bajó solita hasta el piso. ¡Plop! Sentado.
—¡Muy bien, Rufo! —gritó Delfina, y le dio la galleta.
Rufo la masticó fuerte, crunch, crunch, meneando la cola contra el piso como un tambor chiquito. Delfina se sentó a su lado en la alfombra y le apoyó la cabeza en el lomo tibio, escuchando cómo respiraba, despacito, ya tranquilo.