Animales y naturalezaEspañol (Argentina)
El Nuevo Amigo
El oído de Mateo se movió primero, como dos antenitas buscando una señal. Luego, su nariz, que olía a tierra mojada y a algo dulce.
Mateo tenía cuatro años y su cama estaba vacía. Quería encontrar a su perrito nuevo, el que lo esperaba en la cocina. Pero la puerta de la casa estaba cerrada y la llave brillaba en el suelo.
—¿Dónde estás, perrito? —susurró Mateo—. No voy a esperar.
El jardín era enorme. Las flores se balanceaban suavemente, aunque no había viento. Mateo caminó hacia la reja, pero estaba cerrada. Miró hacia arriba. La luna, redonda y blanca, estaba muy cerca, tan baja que parecía una pelota gigante colgando de una rama.
Mateo no se asustó. Sabía que las lunas bajaban los miércoles para ser pulidas, y hoy era miércoles.
—Hola, luna —dijo, acercándose con cuidado.
La luna tenía una textura suave, como la piel de una naranja, pero más fría. Mateo extendió la mano y tocó su superficie. Al instante, se sintió ligero, como una pluma. Sus pies se despegaron del pasto.
—¡Upa! —exclamó la luna, con una voz grave y ronca, como un tambor lejano—. ¡Cuidado con mis arrugas!
Mateo se rió. La luna flotó un poco más alto, llevando a Mateo consigo. Desde arriba, vio todo el barrio. Las casas eran cajas de colores, y los caminos eran cintas grises. Y ahí, en la calle de al lado, vio una mancha marrón que corría de un lado a otro.
Era el perrito. El perrito olfateaba el aire, moviendo la cola rápida, rápida.
Mateo señaló con el dedo.
—¡Allí! —gritó, aunque la luna no lo escuchaba bien porque estaba ocupada girando sobre sí misma para mostrar sus cráteres.
La luna comenzó a bajar despacio, muy despacio, como un globo que pierde aire. Mateo extendió los brazos.
—Vení, vení —repitió, imitando el sonido que hacía su mamá cuando llamaba a los pájaros.
La luna dejó a Mateo suavemente en el suelo, cerca de la puerta de la cocina. La mancha marrón apareció justo entonces, trotando feliz hacia él. El perrito ladró un sonido corto y agudo: ¡Guau!
Mateo abrió la puerta. El olor a tierra mojada se volvió cálido y acogedor. El perrito corrió hacia sus piernas, frotando su nariz húmeda contra la rodilla de Mateo. Era suave, cálida y real. Mateo se agachó y acarició la cabeza del perrito, sintiendo el movimiento rítmico de su respiración mientras la luna seguía brillando, silenciosa, desde el cielo.