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Fabulada

Animales y naturalezaEspañol de México

Ballena de luz

Leonardo encontró una ballena en el techo de su cuarto, y la ballena brillaba.

Era una mancha azul, grande y redonda, y se movía despacio. Leonardo se frotó los ojos. Entonces se dio cuenta de que la luz entraba por la ventana.

Salió descalzo al patio. Arriba, entre las estrellas, nadaba una ballena de verdad. Tenía la panza llena de lucecitas, como una alberca de noche.

—Hola —dijo Leonardo muy bajito.

La ballena soltó un soplido largo: ¡fuuuh! Y Leonardo sintió el aire fresquito en la cara.

Él quería subirse a su lomo. Solo un ratito, para ver su casa desde arriba.

Se puso su chamarra y trepó al techo del gallinero. Estiró los brazos. Nada. La ballena estaba muy lejos.

Entonces agarró la escalera del huerto y la apoyó en la barda. Subió, subió y subió. Pero la escalera se terminó, y la ballena seguía muy alta.

—No llego —dijo Leonardo—. No llego, no llego.

La ballena movió la cola y el cielo se llenó de chispas. Parecía que buscaba algo. Miraba hacia abajo, hacia el estanque.

Leonardo también miró. En el agua del estanque estaba la ballena, entera y brillante, tan cerquita que se podía tocar.

—¡Ah! —dijo—. Tú no vienes a verme. Vienes a mirarte.

Corrió y se asomó. La ballena de arriba y la ballena de abajo se miraban la una a la otra. Leonardo metió los pies descalzos en el agua fría y las estrellas se rompieron en mil pedacitos.

¡Plic! ¡Plic! Todo el estanque tembló de luz.

La ballena soltó otro soplido, ¡fuuuh!, más suave, casi una risa. Leonardo se sentó en la orilla, con los pies en las estrellas, y se quedó mirando.

Poco a poco el agua se quedó quieta. La ballena se asentó en el estanque, azul y callada, y Leonardo sintió su luz tibia sobre las rodillas.