Animales y naturalezaEspañol de México
Un patio con un estanque
Al fondo del patio había un estanque que se congelaba cada noche con un dibujo distinto. Esa mañana tenía estrellas.
Regina salió con su chamarra amarilla. Quería un solo regalo ese día: que Tizne, el cachorrito nuevo, saliera de su cajón y jugara con ella. Tizne llevaba tres días en casa. Comía, dormía y se escondía debajo de la mesa.
—Ven, Tizne —dijo Regina—. Ven, que hay estrellas.
Tizne asomó la nariz por la puerta, olió el aire frío y se metió otra vez.
Regina trajo una pelota roja. La rodó despacio.
—Ven, Tizne. Ven por la pelota.
Tizne miró la pelota. Movió una oreja. No se movió más.
Regina pensó un rato. Luego se sentó en el escalón, muy quieta, y no dijo nada. Sacó un pedacito de galleta y lo dejó junto a su zapato.
Pasó un momento largo. Entonces, tap, tap, tap, salieron unas patitas.
Tizne agarró la galleta. Se comió también un poco de nieve. Estornudó, y el estornudo lo hizo saltar hacia atrás, como si el aire lo hubiera empujado.
Regina se rió bajito.
Tizne se acercó a la pelota roja y la tocó con la pata. La pelota rodó hasta el estanque y se deslizó sobre las estrellas de hielo, rápida como una cuchara en la sopa.
Tizne corrió detrás. Resbaló, patinó y se sentó de golpe, con las cuatro patas abiertas. Se quedó mirando a Regina muy sorprendido.
—¡Ay, Tizne! —dijo ella, y se sentó junto a él, en la orilla.
Tizne le lamió la mano. Tenía la lengua tibia y la nariz helada.
Las estrellas de hielo brillaban bajo los dos. Y la colita de Tizne se movía, y se movía, y golpeaba el suelo: pum, pum, pum.