Animales y naturalezaEspañol de México
Osita del estanque
Itzel era una osita que se dormía en cualquier parte. Se dormía en la sopa, en el columpio y una vez, de pie, en la fila de las hormigas.
Esa tarde quería algo muy grande. Quería ver la última luz del día sobre el estanque de los patos, cuando el agua se pone color naranja.
—Hoy no me duermo —dijo—. Hoy no me duermo.
Se sentó en la piedra plana, entre los juncos y las hojas flotantes. El sol ya estaba bajito. Itzel abrió mucho los ojos.
Los pájaros iban y venían con cositas en el pico: una pluma, un botón, una tapita de bellota. Las llevaban de un nido a otro, siempre por un camino distinto.
Los párpados de Itzel pesaban como dos piedras.
Primero contó patos. Uno, dos, tres… y roncó.
—¡Cuac! —dijo un pato, y ella despertó. La luz ya estaba más baja.
Después se mojó la cara con agua fría. Ay, qué frío. Pero la chamarra calentita le dio sueño otra vez, y su cabeza cayó, poco a poco, sobre sus patas.
Entonces pasó un pájaro con algo brillante. Se le resbaló del pico y cayó justo en la nariz de Itzel.
¡Tilín!
—¡Ay! —dijo Itzel, y se sentó de golpe.
El pájaro bajó a un junco.
—Es mi campanita —dijo—. La llevo al nido de mi prima.
Itzel miró la campanita. Se quedó pensando. Luego la colgó de un junco, justo encima de su cabeza.
—Préstamela un ratito, por favor. Tú tienes mucho camino, y yo tengo poca luz.
El pájaro se rió y se fue a buscar otra cosa.
Itzel se acostó mirando el agua. Cada vez que su cabeza se iba hacia abajo, rozaba el junco. ¡Tilín! Y ella abría los ojos.
Tilín. Y vio el agua dorada.
Tilín. Y vio el agua naranja, naranja, como una mandarina.
Tilín, muy suave. La última luz se quedó quieta sobre el estanque, tibia, y la campanita se fue quedando callada.