Amistad y bondadEspañol de México
Mateo y el reloj del columpio
Mateo quería un amigo para jugar en el parque, y no sabía cómo pedirlo.
Todas las mañanas llegaba con su cubeta roja y su pala. Todas las mañanas veía a los otros niños correr, y se quedaba parado junto al arenero.
En ese parque, el reloj de la torre siempre iba cinco minutos atrasado los días de lluvia. Nadie lo encontraba raro. La gente solo decía: «Hoy llueve, llegamos con calma».
Ese día llovía poquito. Mateo se puso su chamarra amarilla y caminó hasta una niña que armaba un castillo.
—Hola. ¿Quieres jugar conmigo? —dijo.
La niña no lo oyó. Estaba muy concentrada y su mamá la llamó para irse.
Mateo suspiró. Probó otra cosa. Le llevó su pala a un niño que cavaba un hoyo.
—Te presto mi pala.
—Ya tengo una —dijo el niño, y siguió cavando.
Mateo se sentó en el borde del arenero. Miró su cubeta. Estaba llena de agua de lluvia, y en el agua flotaba una hoja.
Entonces tuvo una idea. Metió la hoja en el charco más grande y le dio un empujoncito. La hoja navegó. ¡Plic, plic, plic!
—¡Un barco! —gritó alguien.
Era el niño del hoyo. Había dejado de cavar y miraba el charco con los ojos muy abiertos.
—Mi barco necesita un puerto —dijo Mateo.
—Yo lo cavo —dijo el niño—. Me llamo Lalo.
Cavaron juntos un puerto largo, largo. Soltaron más hojas. Una se atoró y Lalo la sopló con todas sus fuerzas, y su gorra salió volando al charco.
—¡Ese barco es muy grande! —rio Mateo.
Se rieron tanto que casi no oyeron la campana de la torre. Ya era hora de volver a casa, pero el reloj iba atrasado, así que todavía les quedaban cinco minutos.
Mateo se sentó junto a Lalo. La lluvia caía despacito sobre las hojas, y las dos gorras, la mojada y la seca, se quedaron lado a lado sobre el borde del arenero.