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Fabulada

Amistad y bondadEspañol de España

La pelota en la higuera

—¡Otra vez no llego! —dijo una voz al otro lado del muro, y Enzo subió a una piedra para mirar.

Enzo acababa de llegar a la granja de su abuela. El sol apenas había salido y ya estaban despiertos el gallo, las gallinas y la cabra. Pero nadie jugaba con él. Enzo quería un amigo, uno que corriera a su lado.

Al otro lado había una niña con trenzas y una cesta de huevos. Saltaba bajo una higuera. Arriba, entre las hojas, brillaba una pelota roja.

—Me llamo Enzo. ¿Esa pelota es tuya?

—Soy Noa. Sí, y se ha quedado enredada. Yo solo venía a por huevos.

Enzo saltó, pero no llegó. Saltó otra vez y tampoco.

Entonces agarró una rama con las dos manos y tiró hacia abajo. La rama se dobló, se dobló, pero no soltó la pelota.

—¡Se queda agarrada! —dijo Noa.

Enzo la soltó. ¡Fiuu! La rama volvió arriba y sacudió todas las hojas. Enzo se quedó mirando.

—Mirad cómo vuelve, como una goma —dijo, aunque solo estaba Noa—. ¡Tiremos las dos a la vez, y soltemos a la de tres!

Noa dejó la cesta en la hierba. Las dos agarraron la rama.

—Una, dos y... ¡tres!

La rama saltó. La pelota salió volando, subió, subió y cayó en el abrevadero de la cabra. ¡Plof! El agua salpicó a la cabra, que dio un brinco y soltó un «¡beee!» muy ofendido.

Enzo y Noa se rieron tanto que les dolió la tripa. Las gallinas se acercaron a ver. La cabra también, todavía goteando.

Noa sacó la pelota del agua y se la lanzó a Enzo.

—Vosotros dos, colocaos ahí —dijo, señalando a las gallinas—. Esta es la portería.

Jugaron hasta que unas gotas gordas cayeron sobre la paja. Empezaba a llover. Entonces la colina de detrás de la granja se puso a zumbar bajito, como siempre que llueve.

Enzo y Noa se sentaron juntos bajo el tejado del establo, con la pelota mojada entre los dos, y escucharon cómo zumbaba la colina.