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Fabulada

Amistad y bondadEspañol (Uruguay)

El fuerte de la galería

Delfina quería terminar el fuerte antes de la merienda. Lo armaba en la galería de la cabaña con su hermano Tomás, que tenía cuatro años. Había dos sillas, una caja grande, tres almohadones y una sábana blanca para el techo.

Tomás ya había sentado a su conejo de peluche arriba, justo en el medio. Era la bandera.

—Dale, más rápido —dice Delfina, y tira de la sábana para estirarla.

¡Paf! Las sillas se caen, la caja se aplasta y el conejo rueda hasta el escalón.

Tomás no llora. Levanta el conejo, se sienta en la hamaca y le da la espalda a su hermana. La hamaca hace cric, cric.

—Perdón —dice Delfina. Lo dice rápido y mirando para otro lado, como quien tira una pelota.

Tomás no se da vuelta. Cric, cric.

Entonces Delfina prueba otra cosa. Levanta las sillas, endereza la caja y acomoda los almohadones.

—Mirá, ya está todo arreglado.

Cric, cric. Nada.

Delfina se queda quieta. Afuera, la tranquera del jardín canta con el viento: do, re, mi, como una flauta chiquita. Tomás siempre canta con ella. Hoy no canta. Delfina lo mira bien. Tiene una mano apretada en la oreja doblada del conejo.

«No le molesta el fuerte —piensa—. Le molesta que no lo miré».

Se sienta en el escalón, al lado de la hamaca. Esperar es difícil. Cuenta las tablas del piso. Cuenta hasta once.

—Tomás —dice despacio—. Perdón. Te tiré el fuerte y tu conejo se cayó. Tenía apuro y no te esperé.

La hamaca va más lenta. Cric... cric.

Tomás se da vuelta. Tiene los ojos un poco mojados.

—¿Me ayudás a poner la bandera?

—Sí.

Entre los dos estiran la sábana, bien despacio. Tomás sienta al conejo arriba, derecho como un rey. Después se meten adentro, y la luz se vuelve blanca y tibia, como adentro de una nube.

Afuera la tranquera toca su canción. Esta vez, Tomás canta con ella.