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Fabulada

Amistad y bondadEspañol (Colombia)

La pelota del arroyo

Luciana encontró una pelota roja que flotaba en el arroyo y hacía pum, pum, como un corazón pequeño.

Hacía tres días que vivía en esa casa y todavía no tenía ningún amigo. Se había quitado los tenis y se había metido en el agua fría hasta los tobillos. Quería, más que nada, alguien nuevo con quien jugar.

—Una pelota es para jugar con alguien —dijo—. Pero primero tengo que atraparla.

Estiró la mano. La pelota rodó, rueda que rueda, y se alejó un poco.

Luciana dio un paso. La pelota dio un saltito. ¡Plof! Y otra vez rueda que rueda.

Probó con el sombrero, como una red. La pelota pasó por debajo. Probó corriendo, y casi se cae sentada en el agua.

Del otro lado del arroyo había un niño con una bolsa de papel en la mano. Miraba la pelota con la boca abierta. A Luciana le entraron cosquillas en la barriga. Quería decirle hola, pero las palabras se le quedaron atoradas.

—¿Es tu pelota? —preguntó por fin, bajito.

—¡Sí! Se me escapó cuando venía a comer las onces —dijo él—. Me llamo Tomás.

—Yo soy Luciana. Ya la atrapo.

Pero no pudo. La pelota se escurrió otra vez, y Tomás se mojó las rodillas corriendo del otro lado, y tampoco pudo.

Entonces Luciana se quedó quieta y miró. La pelota se iba por donde el agua corría rápido y se frenaba donde se ponía tranquila, junto a una piedra plana.

—Ajá —susurró—. ¡Tomás! ¿Me ayudas con piedras?

Juntaron piedras, ella de un lado y él del otro. Una, dos, tres, y las pusieron en fila, como una puertita en el agua.

La pelota vino, rueda que rueda, y pum. Se detuvo justo en la puertita.

—¡Lo logramos! —gritó Tomás.

—¡Lo logramos! —gritó Luciana, y los dos se rieron tan fuerte que un pájaro salió volando.

—Quédate un rato, si quieres —dijo Tomás—. Traje pan de sobra.

Se sentaron en la piedra plana, con los pies colgando. Tomás partió el pan en dos. La pelota roja se mecía en la puertita, pum, pum, y el agua pasaba cantando a su alrededor.