Amistad y bondadEspañol de España
La cuerda del pajar
Martín vuela de un lado a otro del pajar, agarrado a la cuerda con las dos manos. La cuerda cuelga de las vigas, esas maderas largas del techo. Cada vez que Martín sube, le cosquillea la barriga como si tuviera plumas dentro. Hoy quiere volar toda la mañana, y la cuerda es suya.
Abajo, la verja del corral canta su cancioncilla de siempre: do, mi, sol. Alguien la abre.
Es Lucía, la vecina, con una bolsa de zanahorias para el caballo. Sube la escalera y mira la cuerda.
—¿Me dejas un turno?
Martín aprieta la cuerda. Compartirla no le gusta nada.
—Un poquito más —dice.
Vuela otra vez. Lucía se sienta en una bala de paja y espera.
—¿Ya?
—Un poquito más.
Martín cuenta hasta diez, pero muy despacio: uuuno… dooos… Lucía suspira. Entonces Martín prueba otra cosa. Se columpia tan alto, tan alto, que no se puede hablar con él.
Pero al pasar cerca, mira a Lucía. Ella ya no pregunta. Tiene la bolsa de zanahorias sobre las rodillas y tararea do, mi, sol, con el pie bailando. Abajo, el caballo resopla: «¡Fruuu!». Tiene hambre, y Lucía sigue esperando.
Martín arrastra los pies por el suelo y se para. Vuela solo, piensa, y la barriga ya no le cosquillea tanto.
—Ahora tú —dice—. Yo te empujo. Y luego me empujas tú a mí.
Lucía deja la bolsa y agarra la cuerda. Martín empuja. Primero despacio, luego un poco más.
—¡Más alto!
—¡Un poquito más! —se ríe Martín.
De pronto, el heno se mueve. ¡Cloc, cloc, cloc! Una gallina sale del montón con pajas en la cabeza y los mira muy ofendida. Lucía se ríe tanto que casi se suelta.
La gallina se sacude y se va con la cabeza bien alta. La cuerda crece y encoge, crece y encoge. Abajo, la verja sigue cantando con el viento: do, mi, sol.