Animales y naturalezaEspañol (Colombia)
Nube en la colina
Había una colina muy alta, y encima de ella dormía una nube con forma de isla. Era tan blanda que se podía caminar sobre ella, y a Valentina le encantaba subir.
Esa mañana subió con su cachorrito nuevo. Se llamaba Tizón, tenía una oreja parada y otra caída, y Valentina quería enseñarle su lugar favorito: el rincón de la nube donde nacía el sol.
—Ven, Tizón. Es por aquí.
Pero cuando llegaron, el rincón ya tenía dueño. Un conejo gris estaba sentado justo en el centro, mordisqueando un trozo de nube como si fuera algodón de azúcar.
—Yo llegué primero —dijo el conejo—. Aquí desayuno todos los días.
Valentina se puso triste. Quería ese rincón. Tizón también lo quería, y empezó a ladrar.
—¡Guau, guau!
El conejo ni se movió.
Entonces Valentina probó otra cosa. Dio un salto muy grande para asustarlo. Pero la nube era tan blanda que el salto hizo ¡puf!, y ella se hundió hasta las rodillas. El conejo siguió mordisqueando.
Valentina se quedó quieta, pensando. Miró al conejo. Miró la nube. Miró a Tizón, que ya no ladraba, sino que olfateaba el suelo y movía la cola.
Tizón escarbó. Escarbó, escarbó, y sacó un hoyito. Se metió dentro y asomó la oreja caída.
—¡Mira! —dijo Valentina—. Tizón hizo una camita. Cabemos los dos aquí, al lado del sol.
El conejo se acercó a mirar. Su rincón tenía mucho espacio. Y desde el hoyito de Tizón se veía mejor.
—Bueno —dijo, y se corrió un poquito—. Pero el desayuno es mío.
Valentina se sentó junto al hoyito. Tizón se acurrucó sobre sus tenis. El sol subió despacio, y la nube se puso rosada y tibia. Se oía crunch, crunch, crunch, y un ronquidito pequeño, que era de Tizón.