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Fabulada

Amistad y bondadEspañol (Colombia)

Salomé y el columpio de la nube

Salomé tenía un gorro rojo con una borla que se movía sola, como si tuviera cosquillas. Nadie más en el pueblo tenía un gorro así, y ella no se lo quitaba nunca.

Esa mañana quería una sola cosa: columpiarse en el columpio de la nube. Colgaba de una nube grande como una isla, tan blanda que se podía caminar encima.

Pero Tomás ya estaba sentado en él.

—Ahora me toca a mí —dijo Salomé.

—Un ratico más —dijo Tomás, y se fue para arriba y para abajo. ¡Fiuuu! ¡Fiuuu!

Salomé esperó. Y esperó. Tomás no se bajaba.

Entonces tuvo una idea. Se puso a contar en voz alta, muy fuerte:

—¡Uno, dos, tres!

Tomás ni la miró.

Probó otra cosa. Se paró frente al columpio con los brazos cruzados. Tomás cerró los ojos y siguió riéndose.

Salomé se sentó en la nube a pensar. La borla de su gorro bailaba. Y entonces vio que, cada vez que el columpio llegaba arriba, la cuerda hacía «cric», y la nube se movía un poquito.

—Tomás —dijo—, ¿tú oyes eso?

Tomás abrió un ojo.

—¿Qué cosa?

—Cric. Cuando subes, la nube dice cric.

Tomás se quedó quieto. El columpio también. Se bajó y se asomó a mirar la cuerda.

—Yo no oigo nada —dijo.

—Ahora sí no suena —dijo Salomé—, porque no te estás columpiando.

Tomás se rio y se encogió de hombros.

—Entonces te toca a ti. Yo cuento.

Salomé se sentó. Tomás empujó despacio.

—Uno... dos... tres...

Salomé subió hasta el cielo. La cuerda hizo «cric», la nube se meció, y la borla del gorro le hizo cosquillas en la frente.

—Cric —dijo Salomé, y los dos se rieron.

Cuando bajó, Tomás ya estaba esperando con las manos listas para empujar de nuevo.