Animales y naturalezaEspañol
Una casita en el patio
La casita de madera estaba en el patio, debajo del limonero. Allí vivía Mateo, y ese día esperaba a alguien.
Mamá había traído a casa un cachorrito. Era pequeño y marrón, con una oreja caída y otra levantada. Mateo quería una sola cosa: que el cachorrito se quedara a dormir en su cama nueva de mantas.
Pero el cachorrito no quería la cama. Se metió debajo de la mesa y se quedó muy quieto.
—Ven, perrito —dijo Mateo—. Mira qué blandita está.
Nada. Solo asomaba la oreja levantada.
Mateo le llevó una galleta. El cachorrito la olió y volvió a esconderse.
—Ven, perrito —repitió Mateo—. Mira qué blandita está.
Entonces empezó a llover. Plic, plic, plic. Mamá dijo desde la puerta:
—Mateo, la cena ya está. Hay que entrar antes de que suene la campana del vecino.
Mateo se sentó en el suelo, sin saber qué hacer. Pensó en su cama. Pensó en el cachorrito, tan chiquito y tan solo debajo de la mesa. Y se acordó de cómo se sentía él la primera noche en casa de la abuela.
—Ah —susurró—. Todo es nuevo para ti.
Mateo agarró su peluche, el conejo gris que olía a su pelo. Lo dejó en el suelo, a medio camino entre la mesa y la cama de mantas. Luego se quedó callado, muy callado.
Pasó un ratito. El cachorrito estiró el cuello. Olió el conejo. Dio un paso, y otro, y otro.
—Ven, perrito —dijo Mateo, muy bajito.
El cachorrito agarró el conejo con los dientes y lo arrastró hasta la cama de mantas. Se dio tres vueltas, como un trompo pequeño. Y se echó encima con un suspiro largo: ffff.
Dong, dong, sonó la campana del vecino.
Mateo no se movió. Miró la oreja caída, que subía y bajaba despacito, y escuchó cómo la lluvia sonaba cada vez más suave sobre el techo.