Amistad y bondadEspañol (Colombia)
El esfero rojo de Salomé
—¡Ay, no! —dijo Salomé, y se quedó mirando el dibujo.
Había una raya roja enorme sobre el sol de Nicolás. Un sol amarillo, redondo, con rayos largos, que él había pintado toda la tarde junto al estanque. Y el esfero rojo de Salomé todavía estaba en su mano, destapado.
Salomé quería mucho a Nicolás. Quería seguir jugando con él a las onces, debajo de los nenúfares grandes. Pero Nicolás había dado la vuelta y se había ido a sentar en una hoja, lejos, con los brazos cruzados.
Ella fue hasta allá, saltando de hoja en hoja. Cada hoja hacía ¡bum! como un tambor.
—Perdón —dijo Salomé.
—No —dijo Nicolás—. Mi sol está roto.
Salomé se quedó pensando. Probó con el camino corto. Cruzó el estanque por las hojas del medio y llegó con una galleta.
—Ten. Es para ti.
Nicolás miró la galleta. No la tomó.
Pero las hojas del medio eran muy pequeñas, y la hoja de Salomé se fue hundiendo, ¡plof!, y ella tuvo que dar la vuelta larga, por la orilla, con los tenis mojados y la galleta toda aplastada.
Se sentó junto a él, chorreando.
—Esto no arregla tu sol —dijo en voz baja—. Pero lo siento mucho. No miré. Perdón.
Nicolás respiró hondo. Miró la raya roja. Miró otra vez.
—Salomé —dijo—. Mira. Parece que el sol tiene un brazo.
Ella miró bien. La raya salía del círculo como un brazo largo, largo.
—Y está saludando —dijo ella.
Nicolás tomó el esfero rojo con cuidado y dibujó una mano al final del brazo, con cinco deditos.
—Ahora saluda mejor —dijo.
Se rieron los dos. Salomé partió la galleta aplastada en dos pedazos.
Debajo de ellos, las hojas hicieron bum, bum, bum, despacito, mientras el sol del papel les saludaba con su mano roja.