Animales y naturalezaEspañol (Uruguay)
La veleta nueva
El gallito de lata de la veleta giró, giró, y se quedó apuntando a la regadera.
—Qué raro —dijo Mía.
Mía era una gatita gris con las patas blancas, y tenía mucha curiosidad. Esa mañana le faltaba el cascabel del collar. Sin cascabel, nadie la oía llegar. A ella le encantaba que la oyeran llegar.
En ese jardín nadie se asombraba de la veleta. Todos sabían que apuntaba a lo que se había perdido.
—La veleta sabe —dijo el caracol, que pasaba muy despacio.
Mía salió corriendo hacia la regadera. Pero sopló el viento, y el gallito giró hacia el limonero. Mía corrió al limonero. Nada. El viento sopló otra vez, y el gallito miró hacia el portón. Mía corrió al portón. Tampoco.
—¡Esta veleta me marea! —dijo Mía.
—La veleta sabe —repitió el caracol, sin apuro.
Mía se sentó en el pasto, con la lengua afuera. Probó otra cosa: se quedó quieta. Movió las orejas. Y entonces, cuando el viento se calmó, oyó algo chiquito.
Tilín.
Venía de la regadera. Mía se acercó, despacito, y miró adentro. Ahí estaba el cascabel, brillando en el fondo.
Mía estiró una pata. Tilín. Estiró la otra. Tilín, tilín. La regadera se inclinó, se inclinó y... ¡plaf! Se dio vuelta y la mojó de las orejas a la cola.
—¡Ay! —maulló Mía.
El cascabel rodó por la piedra y se detuvo justo frente al caracol.
—Era mío —dijo el caracol—. Bueno, no. Pero yo lo estaba cuidando.
—Gracias —dijo Mía, y se sacudió toda.
Se puso el cascabel con mucho cuidado. Lo ató bien fuerte y dio un saltito. Tilín. Después dio otro. Tilín, tilín.
El gallito de lata dejó de girar. Y en el jardín, bajito, se oyó a Mía ronronear, con el cascabel que le hacía tilín al compás.