Amistad y bondadEspañol (Argentina)
La hamaca de rayas
—¡Me toca a mí, Mateo! —gritó Eva, corriendo por el pasto.
Eva era una ardilla pequeña de cola muy esponjosa, de color naranja brillante. A Eva le encantaba sentir el viento en las orejas, pero tenía muy poca paciencia cuando quería jugar. Lo que más quería en el mundo era hamacarse en la hamaca de rayas rojas que colgaba del gran árbol. Mateo, su hermano, ya estaba sentado allí, balanceándose suavemente. En el piso, justo al lado del árbol, había un reloj de arena de juguete que su mamá les había dado para medir el tiempo.
—Esperá un poquito, Eva, que todavía queda arena arriba —dijo Mateo, señalando el reloj.
Eva sintió un calorcito en las mejillas. Apretó sus patitas con fuerza. ¡Esperar era muy difícil! Quiso empujar la hamaca para subir ella, pero Mateo se agarró fuerte de las cuerdas. La hamaca se tambaleó de costado. ¡Cuidado! Casi se golpean la nariz. Ninguno de los dos podía disfrutar así.
Entonces a Eva se le ocurrió una idea para que el tiempo pasara más rápido.
—¡Mirá, Mateo! Si soplamos la arena, cae más rápido —dijo Eva.
Se agachó y sopló el vidrio del reloj con todas sus fuerzas. ¡Fuuuu! Pero la arena seguía cayendo despacito, grano por grano. Mateo se rió desde arriba. Eva también se rió del soplido y se puso a cantar una canción de ardillas para distraerse.
De repente, el último granito de arena cayó al fondo. ¡Plip!
—¡Tu turno! —dijo Mateo, y bajó de un salto.
Eva subió feliz a la tabla de madera. Mateo dio vuelta el reloj de arena y empezó a empujarla suavemente por la espalda. El viento fresco le oreó la cara a Eva, y su cola esponjosa subió y bajó con el vaivén del aire. El bosque estaba tranquilo, y solo se escuchaba el suave crujido de las ramas del gran árbol.