Amistad y bondadEspañol (Argentina)
El auto rojo de Tomás y Mateo
Mateo quería construirle una casa al auto rojo, antes de que se hiciera de noche. Era su auto favorito, chiquito como su mano, con las ruedas negras y gastadas de tanto rodar por el patio.
—Necesita un garaje —le dijo a su hermano Tomás—. Para que duerma calentito.
Tomás estaba ocupado haciendo rugir el auto contra el piso, vrrrum, vrrrum, y no quería saber nada de garajes.
—A mí me gusta que ande rápido, no que duerma —dijo, y lo mandó a toda velocidad bajo la mesa.
Mateo juntó unas cajas de fósforos vacías y las apiló, una arriba de otra, para hacer las paredes. Pero las cajas se le caían, plaf, apenas las tocaba el viento de la ventana.
Probó con los bloques de madera. Levantó dos paredes y un techo, pero el techo era muy chico y el auto no entraba.
El sol ya se escondía detrás de las macetas de la ventana, esas macetas de todos los tamaños donde la mamá tenía albahaca y geranios. Faltaba poquita luz para que todo quedara oscuro.
Mateo miró las macetas vacías, las que todavía no tenían plantas, apiladas una dentro de otra como vasitos. Agarró la más grande y la puso de costado, con la boca para afuera.
—¡Mirá, Tomás! Es un túnel.
Tomás frenó el auto justo ahí, en la entrada oscura de la maceta.
—Parece una cueva de oso —dijo, asomando la cabeza para ver adentro.
Metieron el auto rojo despacito. Encajó perfecto, calentito y oscuro como les gusta a los osos para dormir.
Afuera ya no quedaba luz, solo la lamparita de la cocina. Los dos hermanos se quedaron mirando la maceta, escuchando el silencio adentro, donde el auto rojo dormía la siesta más larga del día.