Amistad y bondadEspañol de México
Ximena y el columpio de la rama
Ximena tenía una trenza tan larga que le llegaba al columpio antes que ella. Y ese día quería columpiarse más que nada en el mundo.
El columpio colgaba de una rama gruesa, al fondo del huerto, donde los duraznos pesaban tanto que casi tocaban el pasto. Pero ya había alguien sentado: su primo Beto.
—Es mi turno —dijo Ximena.
—Apenas me subí —dijo Beto, y se fue para atrás, y para adelante. ¡Fiuuu!
Ximena esperó. Contó hasta diez. Beto seguía y seguía.
—Beto, ya pasó mucho rato.
—No pasó nada —dijo Beto—. Ven a empujarme.
Ximena empujó un poquito. Luego dijo:
—Mejor me toca a mí.
Pero Beto no se bajó. Estaba demasiado contento.
Ximena se sentó en la sombra a pensar. Alzó la vista y vio los duraznos grandes y redondos sobre su cabeza. Y vio las nubes. En ese huerto, al caer la tarde, las nubes se juntaban otra vez en las formas de ayer. Ya empezaban a acomodarse en un pato, en un sombrero.
—Beto —dijo—. Mira, ahí viene el pato.
—¿Dónde? —Beto estiró el cuello y el columpio se fue chueco.
—Vamos a contar los empujones —dijo Ximena—. Tú me cuentas diez a mí. Yo te cuento diez a ti. Así nadie se queda con todo.
Beto se quedó pensando.
—¿Y quién empieza?
—Tú, que ya estás arriba. Y cuando yo diga «diez», cambiamos.
—Trato hecho.
Ximena empujó y contó: —Uno, dos, tres... ¡diez!
Beto se bajó de un salto. Ximena se sentó y se agarró fuerte de las cuerdas.
—Uno, dos, tres —contó Beto, empujando.
El columpio subió, y la trenza de Ximena voló detrás de ella. Un durazno rozó su cabeza. ¡Plaf! Cayó al pasto y rodó hasta los pies de Beto.
Los dos se rieron. Y el columpio siguió, para adelante y para atrás, mientras el pato de nubes se acomodaba en el cielo.