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Fabulada

Animales y naturalezaEspañol de España

Lucía y las mariquitas dormilonas

—Pip, pip, pip —oyó Lucía desde el fondo del jardín, y echó a correr con las botas de lluvia.

Era un sonido muy flaquito, como el de un grillo con catarro. Lucía quería encontrarlo. Quería saber quién se quejaba entre las lechugas.

Se agachó junto a un tomatero y miró bajo una hoja. Allí había una mariquita muy pequeña. Tenía un ala torcida, y no cerraba bien el caparazón rojo.

—Pip —dijo la mariquita, y se le escapó un hipo.

Lucía lo entendió enseguida. Todas las mariquitas del jardín dormían en la gran maceta azul, al otro lado del camino. La pequeña no podía volar hasta allí con el ala torcida. Y ya se hacía de noche.

—Yo te llevo —dijo Lucía.

Puso un dedo delante. La mariquita subió. Pero el camino de piedras tenía un hueco ancho, ancho de verdad, lleno de agua de la regadera. Lucía no podía saltarlo con la mariquita en el dedo.

Primero lo intentó con un salto largo. Casi se moja las botas. Después probó con una hoja de col, para hacer un puente. La hoja se hundió: plof.

—Pip —dijo la mariquita, muy bajito.

Lucía se quedó quieta, pensando. Entonces vio algo. Junto al muro estaba la cuchara de madera de su abuela, tirada entre las flores. Era larga y tenía un mango fino.

—¡Ya sé!

Apoyó el mango de la cuchara de un lado al otro del hueco. Después colocó encima la tapa de un bote de mermelada, que rodó hasta quedarse justo en medio. Era un puente pequeño, un poco chueco. Lucía lo cruzó paso a paso, con la mariquita en la mano.

En la maceta azul esperaban todas las demás, apretadas como botones rojos. Hicieron un huequito. La pequeña se metió en medio y cerró el caparazón, casi del todo.

—Pip —dijo, ya medio dormida.

Y desde la maceta azul subió un coro de pips, suaves y redondos, que se fueron apagando uno a uno.