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Fabulada

Amistad y bondadEspañol (Uruguay)

La hamaca de los tres nudos

Tomás encontró una hamaca colgada entre dos manzanos, y en el medio había un sombrero de paja que se movía solo.

—¡Hay alguien adentro! —dijo.

Era Pimpina, su prima chiquita. Se había escondido bajo el sombrero para sorprenderlo.

—Yo llegué primero —dijo ella—. Me toca a mí.

—Pero yo la vi primero —dijo Tomás—. Me toca a mí.

Los dos querían la hamaca. Era la mejor del jardín. Tenía tres nudos gordos en cada punta y se mecía despacito, como una cuna.

Tomás respiró hondo.

—Está bien. Mecete vos un ratito y después me toca a mí.

Pimpina se mecía y se mecía. Un ratito pasó. Dos ratitos pasaron.

—¿Ya? —preguntó Tomás.

—Todavía no —dijo Pimpina—. Un poquito más.

Tomás se sentó en el pasto. Si le pedía a gritos, ella se aferraría más fuerte. Lo probó igual.

—¡Pimpina, es mi turno!

—¡No te oigo! —dijo ella, y se tapó las orejas con el sombrero.

Entonces Tomás pensó otra cosa. Buscó una piedra lisa y la puso en el pasto, bajo la hamaca.

—Esta piedra es el reloj —dijo—. Cuando la sombra del manzano llegue a la piedra, cambiamos.

Pimpina se asomó.

—¿Y si la sombra no llega?

—Llega. Mirá cómo camina.

Los dos miraron la sombra. Se arrastraba por el pasto, despacio, despacio. Una manzana cayó: ¡plaf! Pimpina soltó una risita. Otra manzana cayó: ¡plaf! Y las dos risas se juntaron.

La sombra tocó la piedra.

—Llegó —dijo Pimpina, bajita.

Se bajó sin protestar y le pasó el sombrero.

Tomás se subió. La hamaca crujió, hizo un balanceo largo y suave, y el sol le calentó las rodillas. Pimpina se sentó en el pasto junto a la piedra, con una manzana en la mano.

—Yo vigilo la sombra —dijo.

Y la hamaca siguió yendo y viniendo, yendo y viniendo, cada vez más despacito.