Animales y naturalezaEspañol
Nicolás, el osito dormilón
Nicolás era un osito que dormía a todas horas. Dormía en el desayuno, dormía en el columpio y una vez se quedó dormido de pie, con una cucharada de miel en la boca.
Pero esa tarde Nicolás quería estar despierto. Esa noche, cuando se apagara la última luz del sol, las luciérnagas del granero iban a encender sus lamparitas todas a la vez. Nicolás nunca lo había visto.
—Hoy no me duermo —dijo—. Hoy no me duermo.
Subió al pajar, donde colgaba una cuerda atada a las vigas. Se sentó en el heno y esperó. Los ojos se le cerraban solos.
Primero se pellizcó la oreja. Ay. Eso dolió, pero a los dos minutos los ojos volvieron a cerrarse.
Luego se puso a saltar. Salto, salto, salto. Pero el heno era blando como una cama y bostezó tres veces seguidas.
—Hoy no me duermo —susurró, ya muy bajito.
Afuera, el cielo se puso naranja. Después rosa. Casi era la hora.
Entonces Nicolás se fijó en la cuerda. Se agarró fuerte y se columpió. ¡Fiuuu! El aire le despeinó el pelo y le hizo cosquillas en la nariz. Iba y venía, iba y venía, y no tuvo ni un poquito de sueño.
En lo más alto del vaivén vio por la ventanita que el sol ya era solo una raya fina.
—¡Ahora! —dijo.
Se soltó de la cuerda y cayó sobre el heno con un ¡paf! Una luciérnaga que dormía allí cerca salió volando, enfadada. Y detrás de ella salió otra, y otra más. Una a una encendieron sus lamparitas, y el pajar se llenó de lucecitas amarillas que subían despacio hacia las vigas.
Nicolás abrió la boca, pero no dijo nada.
Las luces bailaron sobre su cabeza, y él las siguió con los ojos hasta que fueron pequeñas como migas de luz. Entonces bostezó, un bostezo enorme, y se acurrucó en el heno.
—Ya las vi —murmuró.
Las luciérnagas se apagaban y se encendían, y la cuerda se mecía sola, despacito, creeec, creeec, hasta que se quedó quieta.