Animales y naturalezaEspañol de México
Catarinas en la flor de la tarde
Ximena era la única niña del barrio que contaba todo lo que veía. Contaba los escalones, las nubes y los lunares de su playera.
Un día entró al jardín de su abuela. Estaba lleno de catarinas rojas, y Ximena quiso saber cuántas había.
—Una, dos, tres… —empezó.
Pero una catarina voló. Otra se escondió bajo una hoja. Otra le cayó en la nariz.
—¡Achú! —estornudó Ximena, y todas salieron volando.
—Empiezo otra vez —dijo.
Lo intentó parada en una piedra. Lo intentó agachada junto al pasto. Lo intentó con los ojos casi cerrados, para que no se movieran. Pero las catarinas nunca se quedaban quietas. Siempre salía un número nuevo.
Su abuela pasó con la regadera.
—Ya casi son las diez —dijo—. Tengo que regar la flor de las diez.
—¿Qué flor es esa? —preguntó Ximena.
—Aquí cada flor se abre a su hora. Ven, mira.
Las dos esperaron. Entonces, ¡pop!, una flor amarilla se abrió. Y las catarinas llegaron de todos lados, zumbando, y se subieron a ella.
Ximena abrió mucho los ojos.
—Abuela, ¡están todas juntas!
Su abuela ya regaba la siguiente mata y no contestó. Tenía prisa, porque la flor de las doce no esperaba a nadie.
Pero Ximena ya había entendido. Las catarinas iban a donde estaba la flor abierta. Así que no tenía que perseguirlas. Sólo tenía que esperar.
Esperó la flor de las diez. Esperó la de las doce. Cuando el sol se puso naranja, se abrió la última, una flor blanca y redonda como una luna chiquita. ¡Pop!
Las catarinas llegaron, una tras otra, y se acomodaron en los pétalos.
Esta vez Ximena contó despacito, con el dedo en el aire.
—Diez, once, doce.
Ninguna se movió. Sólo se oyó un clic suave, clic, clic, clic, mientras doce alitas rojas se cerraban.