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Fabulada

Animales y naturalezaEspañol

Mariquitas en el jardín

En el jardín de la abuela Rosa había flores rojas, flores amarillas y miles de mariquitas.

Valentina vivía allí todo el verano. Ese día quería contar cuántas mariquitas había. Tenía un cuaderno y un lápiz, y quería un número bien grande para decírselo a la abuela.

—Una, dos, tres —empezó.

Pero las mariquitas no se quedaban quietas. Subían por las hojas, bajaban por los tallos y se escondían debajo de las flores.

—¡Cuatro, cinco… ay, ya no sé cuál conté!

Valentina probó otra cosa. Puso un palito en cada hoja donde ya había contado. Pero las mariquitas caminaron hasta la hoja de al lado.

—¡Otra vez! —dijo, y se sentó en la tierra, con el lápiz torcido.

Entonces vio algo raro. Una mariquita se había subido al lápiz. Caminó hasta la punta y se quedó allí, redonda y roja, como una gotita de mermelada.

—Hola —susurró Valentina.

Un puntito negro. Dos puntitos negros. Valentina los miró de cerca. Esa mariquita tenía siete.

—Qué cosa —dijo—. Nadie me había dicho que se pueden contar los puntitos.

Pero había otra idea mejor. Valentina abrió el cuaderno y dibujó la hoja grande del rosal. Cada vez que una mariquita se subía al papel, ella hacía una rayita y la dejaba volver al jardín. Las mariquitas subían, hacían cosquillas y se iban.

—Una rayita. Otra rayita. Otra rayita.

Ya tenía muchas rayitas cuando oyó pasos. La abuela Rosa llegaba con un jarro de limonada.

—¿Y cuántas son? —preguntó.

—Todavía no lo sé —dijo Valentina—. Pero ya hice treinta y dos rayitas.

En ese momento, una mariquita se asomó al borde del jarro. ¡Plop! Cayó dentro de la limonada y salió nadando con sus seis patitas.

Las dos se rieron.

Valentina la sacó con una hojita y la puso sobre el cuaderno. La mariquita abrió sus alitas, y el jardín entero se llenó de un zumbido suave, zzzum, mientras ella echaba a volar.